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El plebiscito de Puerto Rico

El plebiscito que se realizó en Puerto Rico este pasado domingo no pudo ser más lánguido. Escasamente concurrió a las urnas el 23,28 por ciento de los 2 millones 260 mil boricuas habilitados para votar, sin que ninguno de los votos consignados correspondiera a la opción descolonizadora que impulsan las organizaciones revolucionarias y progresistas de la Isla.



¿Qué se suponía que estaba en juego en este plebiscito? Aunque Puerto Rico tiene con Estados Unidos una relación supuestamente igual a la de cualquier otro Estado de la Unión, sus autoridades están sometidas al Congreso y al Presidente norteamericanos, que pueden revocar cualquier decisión que sea tomada por cualquiera de los poderes establecidos en la Isla. Esta situación, evidentemente anómala, se agrava por el hecho de que los puertorriqueños, aunque tributan igual que cualquier otro ciudadano norteamericano, no pueden votar en las elecciones federales, a menos que residan oficialmente en uno de sus 50 Estados; y si bien pueden elegir un representante a la Cámara, este solo actúa como Comisionado Residente, sin que esta condición le dé derecho al voto.

El plebiscito, entonces, pretendía establecer si los ciudadanos deseaban convertir a Puerto Rico en el Estado 51 de la Unión o independizarlo plenamente de esa coyunda. Pero el cúmulo de irregularidades presentadas en su programación, entre ellas el desconocimiento del carácter vinculante de su resultado, dieron al traste con el respaldo de todas las organizaciones independentistas, las cuales vieron socavada aún más su intención de participar al ver al gobernador de la Isla, señor Ricardo Rosselló Nevares, aceptar la imposición norteamericana de que la papeleta incluyera una tercera opción, la opción de respaldo al actual estatus colonial, definido como Estado Libre Asociado.

De allí que el pensamiento democrático no esté preocupado por el resultado de esta farsa plebiscitaria, que le permitió salir triunfante a la opción anexionista, pero dejándole también la preocupación de un gran vacío de aceptación entre el 76,72 por ciento de los boricuas que no acudieron a las urnas.

Es un vacío de aceptación que trae envuelto un rechazo al sinnúmero de problemas que siempre han tenido, pero que se van agravando al ampliarse las agallas de esa clase corrupta que domina en Wall Street, a la que es obediente la oligarquía puertorriqueña. Y es también un vacío de aceptación que unicamente empezará a producir efectos cuando el puertorriqueño entienda que solo cuando conquiste la unidad y la ponga al servicio de su merecida soberanía podrá vislumbrar la libertad que por tanto tiempo le ha sido negada. El boicot a este plebiscito es un buen paso, y le abre la puerta a la esperanza.  

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