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Hacia el segundo plebiscito en la bicicleta estática de JM Santos

La euforia de haber obligado a la oligarquía colombiana y su sostén Imperial a firmar un Acuerdo de Paz como el de la Habana, después de 70 años de guerra contrainsurgente, 3 procesos de paz frustrados, más de un -1-millón de muertos, 80 mil desaparecidos, 4 millones de desplazados, 4 millones de hectáreas de tierra despojadas, 10 mil presos políticos,  millares de exiliados políticos esparcidos por el mundo, y el largo etcétera de cifras; además de la crisis generalizada (tanto económica como política y moral) en la que está sumidad de la sociedad colombiana. Era más que justificada.

Pero a continuación vino la realidad de “ejecutar” lo pactado, y entonces fue cuando se puso en evidencia el “para qué” había sido diseñado el proceso de paz que acababa de firmarse: Evaporar, con un soplo, el ejército revolucionario de las Farc- EP construido con tanto cuidado durante los 70 años de resistencia a la guerra contrainsurgente, evitando cualquier mínima modificación a las estructuras (jurídico-políticas-religiosas y morales) dominantes por siglos en Colombia. Fue una contradicción que pronto se tornó decisiva, entre el diseño del proceso de paz y su realización en la realidad. La contradicción de siempre y que tanto atormenta a los filósofos y también a los marxistas entre el ser y el pensar.

Hubo, durante los diálogos de la Habana innumerables hechos materiales que mostraron la intención del gobierno de Santos y sus delegados en la mesa, que dejaron traslucir la intención antes mencionada de “evaporar, sin modificar un renglón lo existente” (que el pueblo colombiano denominó con la figura conocida de “poner conejo” o irse sin pagar), pero que gracias a la seriedad, sentido histórico y responsabilidad social con la que el equipo guerrillero enfrentó el proceso de diálogos, pudieron ser sorteados hacia su superación y avance hacia el futuro.

No es posible detenerme en su enumeración exhaustiva de tanta “marulla negociadora” que la prensa alternativa informó cotidianamente. Me basta mencionar tres de las más grandes y notorias imposturas impuestas a la insurgencia por parte del “equipo negociador de Santos”:

1- Haber obligado a la insurgencia a que en aras de alcanzar un pronto acuerdo, postergara su idea de Asamblea Constituyente y aceptara “de momento” un Plebiscito, como mecanismo legitimador y legalizador de lo acordado.

2- Una vez con los resultados “deslegitimadores” de lo Pactado en la Habana, obtenidos en el tal Plebiscito, en lugar de convocar una mini Constituyente específica que legitimara y legalizara lo firmado; se forzó (una vez más) a la Insurgencia a que aceptara su fraudulento y dudoso resultado electorero obtenido con toda clase de mentiras, falsedades y delitos electorales (como lo reconoció públicamente el uribista Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña del No en el Plebiscito) para seguir manteniendo la incertidumbre sobre la legitimidad y legalidad del Acuerdo y fundamentalmente,   para forzar a la insurgencia a “aceptar las 500 modificaciones, mejoras ” que se le hicieron al texto ya firmado, como concesiones.

3- Con esto, se le impuso una tercera condición a la Insurgencia para que confiara en el gastado y desprestigiado “poder presidencial y la gobernanza parlamentaria de que dispone actualmente Santos”, como factor de legitimación y legalización del Acuerdo y, entregara su suerte a un utópico y exótico malabarismo parlamentario llamado con el anglicismo yanqui de “fast track”. Su fracaso en medio de las intrigas palaciegas para colocar “fichas santistas” en las innumerables cortes colombianas no pudo ser más estruendoso: El Acuerdo de la Habana sigue sin legitimidad, sin legalidad y su implementación paralizada y bloqueada, cuando no obstruida con violaciones flagrantes del cese al fuego como sobrevuelos de helicópteros oficiales , captura de guerrilleros con salvoconducto  oficial e incidentes armados en las zonas veredales, fusilamientos de guerrilleros amnistiados y de dirigentes sociales acusados de ser guerrilleros. Todo un bloqueo o como dicen en Medellín, un atasco.

Pero como las cosas se mueven, según descubrió el sabio Galileo en la edad media, la crisis generalizada en la que está sumida la sociedad colombiana impuso a la incertidumbre del Acuerdo, tres nuevos elementos.

Uno de naturaleza económica: no hay plata o dinero para su implementación.  Otro de naturaleza moral: el escándalo de corrupción de la trasnacional Odebrecht ha alcanzado toda la cúpula oligárquica dominante. A Santos con su Fiscal Martínez, al uribismo y su pelele Zuluaga y, a gran parte de los respetables empresarios colombianos como el “cacao” Sarmiento Angulo, jefe económico del Fiscal.

Y un tercero de naturaleza política: “la perdida de desprestigio” como solía decir  Alfonso Cano antes de ser fusilado por Santos, ya no es el odio a las Farc como lo presentan ciertos monseñores expertos en manipular emociones humanas, sino que ese odio se ha invertido y ahora como lo muestra tan palpablemente las movilizaciones sociales y populares en el Chocó, en Buenaventura y el Pacífico y el paro de los maestros colombianos; el desprecio es ahora contra los impostores, promeseros políticos y represores violentos, el principal de ellos Santos de quien 7 de cada 10 colombianos lo desprecian por “conejero” e incumplidor y, contra toda la casta política pelechadora, tramposa y violenta por él representada.

Es tal la confusión generada por la crisis política en curso que, como un hecho inédito en la historia colombiana hay más de una veintena de candidatos y pre candidatos presidenciales sin ningún planteamiento creíble sobre el futuro de Colombia, sobre la solución a la crisis socio-económica y de corrupción colombiana, y sobre los procesos de paz en desarrollo (implementación del Acuerdo con las Farc, proceso con el ELN y desmonte del Narco-Para-Militarismo) así como el papel de Colombia con sus relaciones internacionales en la región.

El Poder en las alturas se ha dado cuenta de la bicicleta estática que está pedaleando y ha recurrido a dos mecanismos igual de inanes: A expedir decretos presidenciales efímeros para que cualquiera de las tantas Cortes judiciales existentes en Colombia los declare nulos. Y a montar la matriz mediática de que en Colombia, hacia las elecciones presidenciales del 2018, ya se han perfilado tres -3- fuerzas políticas: Una la “oposición” (entiéndase uribismo) dos el gobierno, y tres, la Izquierda.

Pero no es así: Primero ese abanico multicolor llamado en Colombia “la Izquierda”, está todavía muy lejos de constituirse en una fuerza única y electoralmente compacta con posibilidades de triunfo electoral. Es una ficción como cualquiera otra de las ficciones que abundan en el País.

 Segundo, los seguidores de Vargas Lleras, vicepresidente del Gobierno Santos, en una segunda vuelta votarán indudablemente, es decir sin dudarlo, por el candidato uribista.

Tercero, queda el candidato Liberal De la Calle, impulsado con el “anzuelo de la paz” para que como en 1936, “la efervescencia popular” (hoy llamada movilización social y popular) se pegue a la cola del llamado Liberalismo progresista de Cesar Gaviria y se elija a un “representante conspicuo” del Poder Dominante como el señor De la Calle;  arquitecto del incierto proceso de paz que continúa a la espera de legitimarse y legalizarse en la Constitución Colombiana.

Por todo esto es que me atrevo a decir que las elecciones presidenciales del 2018, serán el segundo Plebiscito del Acuerdo de Paz logrado en la Habana entre el Estado colombiano y las Farc-EP.

¿Se legitimará o no el Acuerdo de Paz?  Eso se sabrá con certeza cuando se anuncie quien será “el continuador” de JM Santos.  

Fuente Imagen Internet   

                  

               

 

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