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Darío Castrillón, el polémico cardenal colombiano que más alto llegó en el Vaticano

A Juan Pablo II no le importó que hubiera recibido dinero de la mafia como obispo de Pereira. Lo nombró Cardenal y lo promovió a la cúpula de la Santa Sede

“Yo mismo he recibido dinero de la mafia y lo he repartido entre 105 pobres” cuando Monseñor Darío Castrillón terminó de decir la frase cayó un pesado silencio sobre los feligreses que llenaban la catedral de Pereira. Ese sermón del 3 de septiembre de 1984 era una cachetada a parlamentarios, políticos de prestigio, miembros del ejército y la policía. Castrillón los señalaba de recibir sobornos del Cartel de Medellín y de celebrar orgías en sus casas. Era la primera vez que una figura pública nacional confesaba tener una relación directa con el narcotráfico. Sin tapujos Castrillón siguió su discurso: “si un narcotraficante me invita a su casa, yo voy, porque ellos también son hijos míos. Lo malo no es dialogar, lo malo es lo que uno compromete en ese diálogo”.

El ataque de sinceridad del Obispo de Pereira tenía una explicación: la publicación de la Revista Semana de ésta foto en donde se le veía asistiendo a la inauguración de la Posada Alemana, el hotel que había construido Carlos Lehder en las afueras de Armenia. A partir de la confesión de las narcolimosnas y de ese sermón, quedó claro que el narcotráfico se había filtrado en lo más profundo de la sociedad colombiana.

 
 

Nacido en Medellín en 1929, Castrillón es tal vez el último sacerdote vivo que enarboló con orgullo y desde el púlpito las banderas del partido conservador. A finales de la década del cuarenta, mientras estudiaba en el Seminario Mayor de Antioquia, protagonizó su primer acto de rebeldía para proteger al partido que amaba. Junto con otros trece estudiantes abandonaron el claustro, en el que estaba al frente el obispo franciscano Luis Andrade Valderrama, por el afecto que les tenía a varios miembros del partido liberal. En plena época de la Violencia bipartidista, cuando aún estaba fresco en la memoria el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, la gran mayoría de obispos colombianos decían desde sus púlpitos que los liberales eran ateos, bolcheviques y enemigos de la fe cristiana. Las afirmaciones de Aldrade Valderrama rayaban con la herejía.  Castrillón, junto con los otros doce rebeldes, cruzaron el río Cauca y fueron hasta Santa Rosa de Osos en donde los acogió el más ultraconservador y feroz de los obispos nacidos en éste país, Miguel Ángel Builes, quien pasaría a la inmortalidad por una virulenta frase dicha durante una homilía: “Matar liberales no era pecado”. Se ordenó sacerdote en 1952, en la basílica de los Santos Apóstoles de Roma, la ciudad que tantas alegrías le traería años después.

Su nombre aparecería por primera vez en los periódicos debido al escandaloso pedido que hizo mientras realizaba una misa en la Catedral de Pereira. Se acercaban las elecciones de 1974 y los principales favoritos era el liberal Alfonso López Michelsen y el conservador Álvaro Gómez Hurtado. Castrillón prefirió traicionar su credo político para ser consecuente con su ideal católico: les dijo a sus feligreses que era casi un acto de apostasía votar por Álvaro Gómez quien tenía en su haber el terrible pecado del divorcio. Al final Alfonso López se impuso por más de un millón de votos sobre Gómez.

No sería la primera vez que Castrillón opinaría en una elección presidencial. A principios de 1994, cuando era el obispo de Bucaramanga, condenó a Ernesto Samper, quien se encontraba en un cerrado duelo por llegar a la presidencia con el candidato conservador Andrés Pastrana Arango, por haber recibido ayuda de iglesias protestantes. Dos años antes protagonizó el más sonado de sus escándalos.

Después de que Pablo Escobar se fugara de la Catedral en junio de 1992, volvió a desatar su guerra de carro bombas y sicarios que mataban a traición. Sus antiguos contactos con el Capo le servirían para cuadrar un encuentro. El obispo creía que podía convencerlo de que se entregase por segunda vez. Castrillón, en un almuerzo que tuvo en Roma con García Márquez en 1999, le contó los detalles de esa reunión: se vieron en el barrio Castilla de Medellín. El obispo iba disfrazado de civil con una gorra, Escobar llegó vestido como un repartidor de leche.  “Ud. a quien representa” le dijo cortante el Capo, “yo solo represento al que te va a juzgar”. El tono dulce de Castrillón lo reconfortó. Incluso estuvo cerca de pedirle una confesión. El obispo le preguntó si rezaba el rosario, si había hecho la primera comunión, si se arrepentía de los crímenes. Escobar contestaba con humildad y respeto. Al final le envió un mensaje al presidente César Gaviria: para entregarse debería prometerle que no lo enviaría de vuelta a Estados Unidos y que su esposa y sus dos hijos tendrían que ser protegidos de la furia de sus enemigos. Castrillón le confesó a García Márquez que lo frase con la que se despidieron fue la que más lo estremeció: “Si tengo que matar a toda Colombia para que no me separen de mi esposa, lo haré sin que me tiemble la mano”.

No hubo acuerdo. Después de la fuga de la Catedral el gobierno decidió lanzar una cruzada para exterminarlo.

El 15 de junio de 1996 el Papa Juan Pablo II, teniendo en cuenta su trayectoria como secretario del CELAM lo llama a Roma y lo nombra Pro-prefecto para la congregación para el clero. El 21 de febrero de 1998 se convierte en el octavo cardenal que ha tenido Colombia en su historia

Juan Pablo II impone el birrete de cardenal a Darío Castrillón.

En el Vaticano su voz resuena como ninguna otra. Se hace inseparable de Juan Pablo II e iniciativas suya como la página clerus.org y bibliaclerus son aplaudidas. El 14 de abril del 2000 el Papa lo nombra presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei. Era el jefe de un ejército de 400 mil sacerdotes desperdigados en todo el mundo. Cuando muere Karol Wojtyla, en marzo del 2005, empieza a sonar su nombre entre los cardenales palpables. Después de 12 días de deliberación el cónclave nombra al Cardenal Joseph Ratzinger como el nuevo papa.

Sus días en el vaticano terminaría en un escándalo.  En el 2009 un periódico francés publicó una carta en donde Castrillón felicitaba a un obispo por haber evitado denunciar a un sacerdote pedófilo condenado por la justicia francés a 18 años de cárcel por abuso de menores. La carta dio al traste su intención de reincorporar al movimiento lefebvrista –excomulgados desde 1988- a reincorporarse a la iglesia católica. El 8 de julio de 1929, cuando ya el Vaticano lo empezaba a dejar solo en medio del escándalo, el papa Joseph Ratzinger aceptó su denuncia.

Desde entonces Castrillón vive en un cómodo apartamento en la Ciudad del Vaticano. Cada vez que se levanta y se asoma al balcón lo primero que ve son los aposentos del Papa Francisco. Está a punto de cumplir 88 años, no le duele una muela y no se arrepiente de nada.

Fuente imagenes Las 2 orrillas.co

 

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