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“Somos muchos y también muy machos” : El caso del arquitecto

Uribe Noguera es el resultado de una educación centrada en dos viejas enfermedades arraigadas en el corazón de nuestra sociedad: el clasismo y el machismo

Jean Paul Sartre dijo una vez o escribió en alguna parte: “un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.  Una sentencia que ilumina algo la honda profundidad de eso que llaman “la condición humana”. Por eso mismo, por su  poder de sugerencia, se me ocurre tomarla y aplicarla al caso de Rafael Uribe Noguera alias “el arquitecto” quien violó, asesinó y vejó a Yuliana Samboni, (una niña de siete años, hija de una familia caucana desplazada por la violencia y ahora revictimizada), para ver si logro tomar una posición clara en este suceso que me desconcierta.  Así que sustituyo los términos en la proposición de Sartre y enseguida me surgen dos preguntas: ¿qué hizo Uribe Noguera con lo que hicieron de él? y ¿qué hicieron de Uribe Noguera?

Me propongo entonces encontrar una respuesta para la segunda cuestión y me doy cuenta de que Uribe Noguera es el resultado de un tipo de educación centrada fundamentalmente en dos viejas enfermedades arraigadas en el corazón de nuestra sociedad: el clasismo y el machismo. Bueno, me digo, descubrí que el agua moja. Pero luego, por la misma vía, me doy cuenta también de que en el caso de alias “el arquitecto” –como en el de muchos otros similares y peores, aunque no tan mediáticos-, el clasismo alimenta el machismo, lo refuerza. Sí, porque es muy probable que alguien como Uribe Noguera esté convencido de ser un “Macho Privilegiado”, o sea, un tipo al que la pertenencia a una clase superior le refuerza su idea de hombría y al que, por tanto, todo le está permitido. Como Camilo Sanclemente, como otros Uribes, como tantos machos anónimos, Uribe Noguera es un macho que puede hacer lo que le venga en gana, sobre todo si está de juerga y con ganas de vivir “aventuras extremas” al estilo Hostel.

Bien, conjeturo, es bastante probable que la vida y la educación que recibió hayan hecho de alias “el arquitecto” un principito de la corte, o sea, un joven de buenos modales y sonrisa amable que en su interior alberga un tirano monstruoso. Me digo esto y paso a lo segundo, lo que Uribe Noguera hizo con lo que hicieron de él. La respuesta a esta pregunta me resulta fácil: Uribe Noguera hizo lo que tenía que hacer.  Fue consecuente con la educación que recibió. No fue capaz de ser otra cosa, aunque podía, como todos los seres humanos, seguir el instinto de rebeldía que nos invita a transformar lo que hicieron de nosotros en algo mejor -o peor-, en todo caso en algo distinto. Pero alias “el arquitecto” no lo hizo, se conformó con responder a lo que los demás esperaban de él, es decir, a guardar la apariencia de chico juicioso y bien educado mientras el tirano que lo habitaba continuaba creciendo y enfermando su psique.

Ya está, me digo, todo muy racional y filosófico. El asunto parece resuelto y mi posición definida: que maten a Uribe Noguera, que lo quemen, que lo linchen a piedra en la Plaza de Bolívar por no hacer de sí mismo algo distinto a un machista, drogadicto, pedófilo y asesino que fue para lo que lo criaron. Pero al cabo de un rato descubro que no es tan fácil. Y no lo es porque cuando me miro en el espejo reconozco con terror que soy un hombre de su misma generación y que, por lo tanto, en alguna parte de mí y de alguna manera debo guardar la misma información machista, la misma idea errónea de lo que significa ser un Hombre. El asunto, entonces, gira y se complica.

Lo primero que hago es rastrear en mí ideas o comportamientos machistas. Sin mucho esfuerzo los encuentro y por montones. Desde mi infancia, pasando por mi adolescencia y llegando a mi juventud y madurez, mi comportamiento ha coincidido, en varias situaciones, con el del Hombre glorificado en las canciones de Maluma. Eso por dar solo un ejemplo. ¿Yo, parecido al macho que repudio y que pido que quemen en la hoguera? Así es. Pero, ¿de dónde me vino esa idea distorsionada de lo que es un Hombre? Intento una respuesta: antes que nada de la religión católica bajo la que me formé y en la cual Dios es Hombre, su hijo también –ambos machos- y el Espíritu Santo una paloma -lo que parece preferible a que sea una mujer. Una religión en donde, además, las mujeres o son vírgenes o son putas. Pero no solo la aprendí de allí, claro, también de la televisión. Y de mi padre. Y de mis amigos. Y de mis primos. Y de mis hermanos. Y de la pornografía. Y de casi todos los hombres que me rodearon y me rodean.

El techo se desploma, el agua entra por todas partes, empiezo a naufragar. Me aterra la idea de tener algo en común con alias “el arquitecto”. Yo, un pacifista, un moralista, un ecologista, un lector, un escritor, un artista, debo reconocer que en muchas ocasiones he sido y soy muy macho. Apurado, regreso a Sartre: ¿qué hago con esto que hicieron de mí? Apenas me formulo la pregunta siento pavor porque descubro que no sé lo que significa ser un Hombre más allá del machismo, de sus ideas y comportamientos. Lejos de ellos me siento inseguro, ansioso y desprotegido, pisando un terreno desconocido y peligroso pero sobre todo deshabitado.

Intento calmarme. Al cabo se me ocurre que lo primero que debo hacer es aceptar mi ignorancia con respecto a este asunto que siempre creí claro y consabido, aceptar sin concesiones que en cuanto a mi “hombría” se refiere no he sabido hacer algo distinto con lo que hicieron de mí.

No quiero ser otro Uribe Noguera, me rebelo contra él, contra lo que lo que hizo y lo que representa. Quiero enseñarle algo distinto a mi hijo con respecto a su calidad de ser humano y a su género. Y para eso necesito desaprender y volver a empezar, construir una idea nueva de lo que significa ser un Hombre en este mundo en el que somos muchos y también muy machos.

@basilisconegro

EN http://www.las2orillas.co/somos-muchos-tambien-machos/

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