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“¡El machismo revolucionario debe ser transformado!”

Ya lo decía en 1918 la revolucionaria bolchevique Alejandra Kollontai: “Todo lo que sea compatible con el nuevo estado de cosas se mantendrá; lo demás, toda esa anticuada morralla que hemos heredado de la maldita época de servidumbre y dominación, que era la característica de los terratenientes y capitalistas, todo eso tendrá que ser barrido juntamente con la misma clase explotadora, con esos enemigos del proletariado y de los pobres” [1].

 

El capitalismo y el patriarcado articulados como sistema económico, político, social y cultural han caminado siempre de la mano y continúan hoy en día manteniendo relaciones de explotación, opresión y dominación al interior de las clases históricamente oprimidas, específicamente sobre las mujeres pobres, negras, homosexuales, campesinas, indígenas y todas aquellas que se han atrevido a luchar por la vida y la transformación social. Lo que tradicional y erróneamente ha sido catalogado como “público” y “privado” se ha convertido en escenarios de dominación tanto de clase como de género, de cuerpos y de sexualidades.

Estos escenarios bien sea donde se construyen y transforman relaciones familiares, laborales, políticas, religiosas, escolares, sentimentales, entre muchas más, son espacios donde se evidencian distintas formas de violencia, que corresponden a un sistema hegemónico que históricamente ha pretendido ocultar estas acciones dominantes y coercitivas a través de frases como: “la verdadera mujer es la que está en casa”, “esa situación es un problema sentimental y personal entre dos personas”, “la ropa sucia se lava en casa”, “eso fue un crimen pasional”, y muchas más frases que ideológicamente reproducen, ocultan y justifican la dominación y la opresión ejercida específicamente por los hombres sobre las mujeres.

El capitalismo en la actualidad ha pretendido dar a creer que el machismo y el patriarcado son cosas del pasado, sin embargo, esta opresión hacia la mujer continúa profundizándose y es aún más crítica cuando avanza en las organizaciones que se dicen ser revolucionarias. Ya que el capitalismo y el patriarcado van de la mano, es menester que estas organizaciones confronten ambas formas de explotación y de opresión, yendo más allá del discurso y del papel.

La crítica radica en que estas organizaciones, procesos o colectividades que aspiran a una transformación social por medio de la revolución de la estructura capitalista -abarcando también a los sujetos o individuos que las integran-, deben partir de la reflexión y transformación de toda expresión de dominación y opresión tanto en lo “individual” como en lo “colectivo”, tanto en lo “privado” como en lo “público”, parafraseando a Marx, no puede liberarse quien oprime a otros. Así como anhelamos romper las cadenas de las explotación capitalista, es urgente también cortar de raíz otras cadenas, que son menos visibles y que se consideran como menos importantes, aquellas cadenas cargadas de prejuicios y de ideologías dominantes que reproducimos a diario en nuestras propias conciencias y en nuestras propias relaciones humanas.

Es bien sabido que un proceso u organización revolucionaria no es ajena a la realidad social que se vive en un contexto determinado, no es ajena a las relaciones cotidianas de poder, no es ajena a la violencia ni al terrorismo inculcado constantemente desde las estructuras ideológicas que detentan el poder político, económico y cultural. Sin embargo, la naturaleza misma de un proceso revolucionario implica resolver toda cuestión de opresión tanto en el trabajo externo que se realiza con los pueblos como también al interior de la misma organización, al interior de cada revolucionario, que nos haga sujetos diferentes al hombre y a la mujer común, diferentes a la sociedad machista, ese otro mundo también es posible y necesario.

En pleno momento de la historia aún se escuchan voces ‘revolucionarias’ justificando y ocultando la opresión y la violencia patriarcal; reconocen la lucha feminista en abstracto sin observar un compromiso revolucionario con la cuestión del género; argumentan la existencia de una opresión y persecución por el patriarcado igual de peligrosa como la que afronta la mujer, sin embargo, al parecer esta opresión no es suficiente para que ellos sacudan las cadenas y mucho menos para unirse en esta justa lucha junto a las mujeres. No hay justificación peor como la idea de plantear que la lucha contra el machismo es algo secundario, o inclusive es factor de división.

Aunque personalmente tuve que soportar por un periodo de tiempo la violencia simbólica, psicológica, verbal y física de una de esas voces “revolucionarias”, de un machito de izquierda o de eso que se ha venido llamando, de un machista-lenninista, no hay razón para justificar estos actos pero tampoco siento motivo alguno para sentirme víctima de un personaje como éste. La cuestión radica en que esta experiencia opresora no sólo la vivió mi cuerpo sino también muchas más voces de mujeres tildadas de locas, histéricas, brujas y “perras rabiosas” como en algún momento de la historia el socialista alemán August Bebel se dirigió a Rosa Luxemburgo, esto da cuenta, de que la violencia de género es sistemática, no hay casos aislados ni tampoco hay manzanas podridas para escudar esta violencia al interior de una organización que pretende una transformación social de raíz.

Simplemente el socialismo con machismo no es socialismo, si anhelamos un mundo sin explotación necesariamente debemos anhelar también un mundo sin ningún tipo de opresión, terminar con estas relaciones de poder arraigadas en los cuerpos y mentes de hombres y mujeres revolucionarias es un ejercicio de coherencia, conciencia y voluntad política, no es posible tolerar actitudes machistas de individuos que se dicen ser revolucionarios al interior de organizaciones revolucionarias.

El Estado y el sistema capitalista el cual combatimos como socialistas fueron creados por hombres, es liderado por hombres y está al servicio del hombre, por lo que no sólo toca luchar por el fin de la desigualdad entre el hombre burgués y el hombre proletario, sino también por todo tipo de desigualdad que ponga por encima a un humano sobre otro, ya sea por género, etnia, clase, por lo que la construcción de un nuevo sistema político y social debe ser construido por todos aquellos que históricamente han sido subordinados y explotados, mujeres, hombres, ancianos, negros, indígenas, campesinos, todo ser humano que haya sido rezagado a ser aceptado por no ser hombre, blanco y adinerado.

El combate entonces contra el machismo es un combate del conjunto de las y los revolucionarios, de los hombres y de las mujeres. La aspiración de las mujeres, de las mujeres socialistas, ha consistido en reivindicar cambios sociales, económicos, políticos y culturales en pro de transformaciones que vayan más allá de su condición individual para lograr un cambio de todo el sistema capitalista y también patriarcal. Como lo diría Rosa Luxemburgo: “[...] no es tarea para las mujeres solamente, sino una responsabilidad común de clase, de las mujeres y de los hombres del proletariado” [2].

Por lo tanto, las luchas que las mujeres han llevado a cabo para alcanzar su libertad y la igualdad, no en términos liberales ni superficiales, no puede pensarse como una cuestión del género femenino, es un elemento indispensable para llevar a cabo en la lucha diaria y cotidiana que campesinos y campesinas, trabajadores y trabajadoras, estudiantes, y en general, todos los oprimidos y oprimidas llevamos a cabo en contra de un mismo sistema, en contra de un mismo modelo depredador, despojador, explotador, criminal, opresor y colonizador. Retomando a Alejandra Kollontai:

“Ellas no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los placeres y encantos de la vida. Es cierto que varios aspectos específicos del sistema contemporáneo yacen con un doble peso sobre las mujeres […]. Pero en estas situaciones desfavorables, la clase trabajadora sabe quién es el culpable”. [3]

Es preciso incorporar en nuestros procesos revolucionarios tanto individuales como colectivos la lucha contra la opresión en lo cotidiano; la defensa de la igualdad, de la solidaridad, de la justicia y el respeto no puede quedarse como un saludo a la bandera. El machismo es una ideología y una práctica que compromete los principios y los valores revolucionarios, y la lucha contra éste no puede quedarse en manos del feminismo burgués y reformista, debe incorporarse a nuestra lucha como revolucionarios y como seres explotados por este sistema imperante.

Como revolucionarios y revolucionarias tenemos pendiente una tarea política, ideológica y material con la historia, una tarea consistente en un cambio de actitud, de valores y de voluntad y preparación política para reconocer las otras opresiones que cotidiana y sistemáticamente reproducimos como sujetos que aspiramos y soñamos con una realidad social distinta. Es necesario reforzar la concientización, la formación y la organización pero sobre todo las acciones, o lo que Marx llama, nuestra praxis como seres revolucionarios, no podemos actuar en las calles como un auténtico revolucionario mientras que en la casa y en los espacios de discusión actuamos como dictadores autoritarios. Tenemos y tienen que cambiar.

[1] Kollontai, Alejandra (1918). El comunismo y la familia. Disponible en: http://www.marxists.org/espanol/kol....

[2] Luxemburgo, Rosa. (1912). “El voto femenino y la lucha de clases”. Discurso pronunciado en las Segundas Jornadas de Mujeres Socialdemócratas. Stuttgart, mayo 12 de 1912. Disponible en: http://www.marxists.org/espanol/lux....

[3] Kollontai, Alejandra. (1907). Extractos de “Los fundamentos sociales de la cuestión femenina”. Disponible en: http://www.marxists.org/espanol/kol....

 

*Colectivo Antígona. Coordinadora Estudiantil de Asuntos Rurales.

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