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A voz en cuello

El programa Hora 20 de Caracol ermitió a la audiencia oír, por fin, a las Farc sin ser traducidas, filtradas o falsificadas y, sobre todo, defendiéndose sin armas.
De las guerrillas ha sabido el país lo que a los gobiernos les conviene, y ese hecho ha contribuido a que la pólvora se oiga más. El que permitió oír en directo a los comandantes de las Farc frente a reconocidos periodistas en un intercambio de preguntas y respuestas al aire fue un espacio de opinión verdaderamente democrático.

Las cosas nunca habrían llegado donde llegaron si esas voces se hubieran oído desde el principio. Lo que las Farc han buscado, y buscan en última instancia, es participar en la vida política del país, defender unos intereses que los gobiernos desde Mariano Ospina Pérez —con escasos intervalos— han considerado ilegítimos y a los que se les ha hecho la guerra. Baste recordar que Rojas Pinilla declaró ilegal toda actividad del Partido Comunista en 1954 y que atacó con todos los fierros —incluidas bombas de napalm— en 1955 a Villarrica, Tolima, donde ya se habían entregado armas. No todas, es cierto.

Hoy los jefes de las Farc han ido cambiando poco a poco los énfasis de su lenguaje por una simple razón: no pueden apelar a frases de cajón ni a argumentos autoritarios frente a un país cada día más deliberante; tienen que vérselas con una opinión de mil acentos. Programas como Hora 20, al que fueron invitados por Caracol, demuestran la utilidad de la palabra como sustitución de las armas. También creo que los medios han modificado un tanto la imagen sobre las guerrillas, teniendo en frente personas de carne y hueso que pueden sonreír y que saludan de mano. Una cosa es mirar a las guerrillas desde las salas de redacción y, otra, encontrárselas en un set. Tampoco es lo mismo mirar a los periodistas desde las trincheras que enfrentarlos mirándoles los ojos.

A personajes como el ministro Pinzón y como Fernando Londoño no les gusta la idea. Quieren unas guerrillas hechas a imagen y semejanza de sus fantasmas, sus miedos y sus intereses; las atacan con tanta soberbia como violencia. Pinzón responde a la tregua unilateral anunciando la contratación de “25.000 policías y 6.000 soldados más” y la compra de “nuevos helicópteros, lanchas, patrulleras, buques, vehículos, motos”; Londoño, con la agresiva glotonería verbal que se le conoce.

Seguramente al Congreso no llegarían los guerrilleros estrenando zapatos Florsheim ni corbatas Hermès, como llevó Uribe a los paramilitares al parlamento, pero sería un paso en firme que ante el país pudieran explicar para dónde van y a qué se comprometen. Los verdaderos jueces de sus actos no deben ser los tribunales ni los estados mayores, sino la opinión pública. Más aún, el Gobierno debería facilitarles espacios de opinión en los medios oficiales de comunicación para acostumbrar al país a oír a las guerrillas, siempre y cuando mantengan sus pronunciamientos dentro de la llamada ley de prensa y apelen a un lenguaje civilista. A las guerrillas hay que abrirles las puertas de la democracia, y al país, las del pluralismo. El maniqueísmo, la polarización y el dogmatismo son los verdaderos caldos de cultivo de la violencia.

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