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Por Jesús Pérez González-Rubio* / Semana Opinión

 La estrategia política da para todo. Aún para los extremismos menos imaginados.

La estrategia política da para todo. Aún para los extremismos menos imaginados. Cuando el expresidente Laureano Gómez regresa del exilio después del golpe de Estado que liderara el general Rojas Pinilla, en una convención conservadora que tuvo lugar tal vez en Cali, pronunció un discurso en el que acuñó la frase memorable que dividió a los conservadores en “oro puro y escoria”. La “escoria” eran los ospinistas, alzatistas y compañía, que algo habían tenido que ver con el general Rojas Pinilla. El “oro puro” era, obviamente, la fracción que lo apoyaba y que seguía “la pura doctrina”.

Ha venido a mi memoria este recuerdo viendo cómo el expresidente Álvaro Uribe nos ha dividido a los colombianos entre partidarios del Centro Democrático, de un lado, que serían el “oro puro” para nuestra democracia, y los castrochavistas, de otro, que sería la “escoria”, que atenta contra nuestro sistema económico, social y democrático, pues esa “escoria” nos llevará inevitablemente a la misma situación de dictadura y de miseria por la que hoy atraviesa Venezuela.

Todo integrante del Centro Democrático, cuando se expresa en la televisión, en la radio o en la prensa, encuentra siempre hábilmente la manera de hacerle honor a la estrategia del expresidente. Aparece siempre el fantasma del castrochavismo para espantar a gentes sencillas y crédulas. En esa categoría amenazante no colocan solamente, por ejemplo, al partido de la Farc, o a la UP, o a Poder Ciudadano de Piedad Córdoba. No, ahí están todos estos más De La Calle, uno de los arquitectos de la Constitución del 91 tildada por Jorge Enrique Robledo de “neoliberal”; Sergio Fajardo, cuyo programa principal de gobierno es la educación, la ciencia, la tecnología y la cultura, y de pronto hasta Vargas Lleras que como se ha dicho tendría los votos de los exguerrilleros si tuviera que enfrentar en la segunda vuelta “al candidato de Uribe”.

Este engañabobos, que me recuerda “el coco” con que nos asustaban de pequeños, ha resultado un fantasma electoralmente prodigioso y hasta debe haber gente que cree honestamente que Colombia corre el riesgo de convertirse en una Venezuela si no gana el doctor Uribe las elecciones presidenciales. El doctor Juan Carlos Vélez Uribe, gerente para el Plebiscito del Centro Democrático, utilizó esta estrategia, según su propio testimonio, en la costa Caribe, para llevar a las gentes de ese litoral a votar “no” en el Plebiscito, “emberracadas”.

Lo valioso del doctor Álvaro Uribe es que cautiva un mundo de votos con hipótesis como el castrochavismo que no tienen ninguna realidad; con argumentos exitosos pero huecos como el de que no hay justicia si no hay cárcel. Se podría decir, sin riesgo de equivocación, que los 5 u 8 años de prisión que la ley de “justicia y paz” contempló para los paramilitares por las masacres más atroces, también es impunidad. No basta, pues, ir a la cárcel para que esta desaparezca. Ni la falta de cárcel es impunidad, ni la cárcel por 5 u 8 años para las masacres, es justicia.

A este respecto hay otro planteamiento ganador del intrépido expresidente. Según él hay oposición entre justicia y paz y no se debe sacrificar la justicia en el altar de la paz porque sin justicia esta no es sostenible. La justicia conduciría a la paz y no a la inversa. Esto plantea el falso dilema de justicia o paz desconociendo que esta última es el “derecho síntesis”. Para ilustrar este concepto transcribo las enseñanzas de un maestro del Derecho, Luigi Ferrajoli, ampliamente reconocido: “Yo no creo que exista ese dilema (justicia o paz). La paz es un valor supremo. Sin paz no hay justicia, no hay democracia, no se puede garantizar ningún derecho fundamental. Desde Tomás Hobbes, la paz ha sido teorizada como la finalidad misma del contrato social. La salida del Estado de guerra al Estado civil se hace con la instrumentalización del derecho al servicio de la paz. En este sentido no hay ninguna contradicción entre paz y justicia. La paz es un presupuesto de la justicia”. (Semana.com)

Tendrá tanta razón Ferrajoli que ni a Rodrigo Londoño (antes Timochenko) ni a Luciano Marín Arango (antes Iván Márquez)  ni a  Jorge Torres Victoria (antes Pablo Catatumbo) ni a ninguno de los comandantes que entregaron sus armas fue posible, mientras se desempeñaron como guerrilleros, llevarlos a la cárcel en nombre de la “justicia” que ahora, cuando se desarmaron y renunciaron a la violencia, el Centro Democrático quiere aplicarles retroactivamente, como una manera de darle un golpe fatal a la paz firmada con esa organización guerrillera. ¿Cómo es posible que el programa de destruir esta paz tenga adeptos?

Como vivimos la era del absurdo, los argumentos, la juridicidad, la racionalidad, la reconciliación valen poco frente a la frase impactante, a la posverdad, al llamado “hecho alternativo”, a la apelación a las emociones, al resentimiento, a la ira, a la venganza, al insulto personal que en el pasado condujo a la Violencia, porque primero fue la violencia verbal y después la física en nuestra historia de horrores sin cesar.

Las próximas elecciones no solo definirán el futuro de la paz y de las reformas pactadas en los acuerdos, sino la primacía de la Razón o del Absurdo. De si los colombianos echamos sobre el pasado un manto piadoso de perdón para reconciliarnos todos y salvar el futuro como lo hizo España después del Franquismo con los Pactos de la Moncloa, o comprometemos el futuro para vengar el pasado.

Añadido: Dentro del mundo absurdo en que vivimos el cristianismo de nuestros creyentes parece un chiste. Dice los Evangelios: “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. (Mateo 18:21,22)

Y dio ejemplo de ello cuando en el Gólgota “clavado en esa cruz y escarnecido” dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Mateo 23:34 a). Este es un mejor ejemplo que el que aconseja la ira y la venganza.

Constituyente 91*