Horacio Duque.

La Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, que es como se denomina ahora el partido/movimiento de quienes integraron la resistencia guerrillera agraria y revolucionaria de las Farc, ha dado a conocer los nombres de sus candidatos a la Presidencia, Vice Presidencia, Senado y Cámara de Representantes en el marco de la campaña electoral que ya camina para alcanzar su plenitud en el primer semestre del 2018. Era el paso lógico en el curso de la construcción de la paz mediante la implementación de los acuerdos del Teatro Colon, cuyo fin último es el ejercicio de la política sin el recurso inmediato de las armas como herramientas de transformación de las correlaciones de fuerza que determinan el poder político.

La pregunta que nos planteamos es la siguiente: ¿Llegará por esta vía Timochenko a la Presidencia de la Republica y con él al poder político del Estado una fuerza popular que desaloje del gobierno los clanes oligárquicos que han dominado el Estado por más de 200 años en favor de un pequeño número de familias que controla a su antojo todos los recursos del gobierno y la sociedad?

Por el contenido de varios discursos presidenciales y de las narrativas de diversos columnistas de la red mediática hegemónica, vinculada y pagada por el cogollo oligárquico, tal hecho jamás ocurrirá.

Es un imposible histórico y político. Las Farc jamás llegaran al poder en Colombia.

Son marxistas y leninistas, por lo cual no encajan en nuestra sacrosanta civilización católica.

Son inferiores frente al Estado y sus gobiernos, dueños de la perfección ética y democrática, al decir de Duncan (ver http://bit.ly/2hLLsUB ), para quien las instituciones colombianas son la expresión cabal de la legitimidad y el respeto por los derechos humanos, como si más de 6 millones de víctimas de la violencia, desplazadas y despojadas de sus tierras, casi medio millón de muertos en las últimas décadas por causa de la violencia de los aparatos militares, cientos de miles de desaparecidos, montajes judiciales, el exterminio de la Unión Patriótica y la cruel matanza de líderes sociales que presenciamos en la actualidad, fueran fenómenos al margen del ejercicio sanguinario del poder por las elites prevalecientes en el cuerpo de las instituciones públicas.

Afirmar que el Estado colombiana y sus gobiernos han hecho una rectificación trascendental de sus errores y falencias mediante la Ley de víctimas y restitución de tierras o las solicitudes de perdón, es otro de esos disparates politológicos que se estrellan con la realidad de la vida cotidiana que desmiente la propaganda del resarcimiento de las víctimas con la reparación y restitución inexistente de tierras.

O acaso es que la rampante corrupción que salpica al señor Santos no es la demostración contundente de la decadencia institucional.

O la reciente masacre infame de Tumaco perpetrada por la Policía y el Ejército, sumida en la impunidad por el silencio de todos los poderes, es un ejemplo de la solvencia democrática de los aparatos armados del gobierno.

Lo curioso es que, no obstante, se estigmatiza, macartiza y descalifica desde la poderosa red mediática del régimen a los candidatos postulados y a su movimiento político, anunciándole su extinción y muerte definitiva, se colocan cientos de trampas para impedir el ejercicio pleno de sus derechos políticos reconocidos en Actos legislativos, Sentencias constitucionales, leyes y decretos aprobados recientemente para materializar los acuerdos de paz.

Nos preguntamos, ¿Si el nuevo partido de los guerrilleros está muerto de entrada cual es el afán de inhabilitar con jugadas turbias a los candidatos postulados?; Si las Farc son rechazadas por las grandes mayorías, ¿qué sentido tiene cambiar el texto y los alcances de los consensos en materia de Justicia Especial para la paz, de participación política, de reforma rural popular, de sustitución de cultivos de coca como se está dando en el seno del poder legislativo y en la Corte Constitucional, para no mencionar las artimañas del Fiscal Martínez?

En el caso concreto de la JEP, lo que estamos viendo es que los grandes artífices de la violencia de las últimas décadas maniobran hasta lo imposible para dejar en la impunidad sus atroces crímenes contra los campesinos, los indígenas y demás sectores sociales, que ocasionaron la histórica resistencia de las masas agrarias.

Y en el caso de la participación política, lo que estamos presenciando es la bochornosa y podrida obstrucción de las castas politiqueras a cualquier reforma mínima que propicie la democratización y apertura política del régimen de gobierno imperante.

Para que extenderse en los oscuros intereses del latifundio que impugna la reforma agraria con el falaz argumento de la defensa de la santísima propiedad de unos cuantos potentados que monopolizan millones de hectáreas en perjuicio de millones de campesinos sumidos en la más infinita pobreza.

Ni se diga de los intereses y negociados tejidos con la erradicación violenta de los cultivos de coca que se prioriza frente a la sustitución reformista pactada en La Habana.

¿Cuál es el miedo, señores del establecimiento, con el nuevo Partido/Movimiento popular y sus candidatos?

Por lo menos a mí no me dan las cuentas.

La experiencia histórica lo que enseña es que estas nuevas fuerzas políticas que emergen al constituirse un nuevo ciclo político, como el que está en curso, logran trascender la triquiñuela de las castas oligárquicas y entran en auge una vez se rompen los cercos de toda índole puestos sobre el camino.

Ese fue el caso de Gaitán, en los años 40 del pasado siglo; el de la Anapo y el MRL, en los años 60; el de la UP en los años 80, luego de los Acuerdos de La Uribe de Belisario con Manuel Marulanda; del M-19, luego de la tragedia del Palacio de Justicia y de sus negociaciones de paz, y de otros movimientos políticos surgidos al margen del bipartidismo.

Tales movimientos se organizaron, ganaron identidad y envergadura política, pero, el viejo establecimiento feudal, asustado, los freno y liquido con violencia paramilitar, con despotismo político, con mentiras en los medios y con ventajismos de todo orden.

Si se respetan a cabalidad los acuerdos de paz firmados, no veo tan remota ni disparatada la idea de que Timochenko sea presidente de Colombia en el futuro. Tampoco que se consolide una gran bancada parlamentaria con los líderes revolucionarios comprometidos en la actividad pacifica civil. Menos que se propaguen por todo el territorio nuevos actores políticos regionales y locales como expresión de alianzas y coincidencias en los temas centrales de la Colombia de hoy como el planteado en el Quindío y el Eje Cafetero como un Punto de Encuentro de la diversidad y pluralidad política.

Cosa distinta es que todo se malogre por los errores y envanecimientos de los nuevos liderazgos, como ocurrió con los del M-19 después de La Constituyente del 91.

Si se impone la arrogancia, la mezquindad, la soberbia, el despotismo y la patanería de cañón. Ahí si apague y vámonos.

Si prevalece el dogmatismo, el sectarismo y el transformismo ideológico para mutar a un negacionismo a ultranza de la teoría revolucionaria, del marxismo y del leninismo como referentes del cambio social, despidámonos porque ese si es el fin de la historia y el triunfo del neoliberalismo y de la socialdemocracia Santista.

Nuestras críticas no son las de un francotirador nihilista como lo sugieren toscos elementos catatumberos, cercanos del candidato presidencial. No pueden “ser extrañas”, como lo plantea María, haciendo de voz interesada y sesgada en el círculo íntimo de los nefastos aduladores de oficio.

Obviamente nos acogemos y apoyamos el candidato presidencial del Común, respaldamos los postulados para el Senado y Cámara, pero señores, más humildad y respeto por la democracia y el dialogo.

Conversando es que se resuelven todas las dificultades en el campo revolucionario, es lo que le he escuchado varias veces a Londoño el de Tebaida. No hay que repetir los métodos oligárquicos del matoneo, el constreñimiento y el embuste para que triunfe la verdad y el argumento honesto.

Hay que serenarse porque este es un juego de largo plazo y estratégico en el que, creo yo, hay que re significar la “combinación leninista de las acciones de masas” como método correcto para lograr la derrota de la elite oligárquica. Re significación que nos plantea grandes retos en el nuevo contexto geopolítico y regional que amerita una lectura más inteligente dado los potenciales derivados de la decadencia del imperio gringo y el peso de las nuevas potencias en el escenario global y regional.

Quien diga que armas y poder político no se complementan está loco y “miando fuera del tiesto”. Que se dé una pasadita, así sea virtual, por Afganistán, Siria y Venezuela, para que se baje de esa nube siniestra de ilusiones. O que analice bien como en Colombia, no obstante, la paz, el aparato armado oligárquico sigue intacto y muy campante asesinado y aniquilando a los dirigentes populares y de izquierda. No hay que caer en el pendejismo político.

No la tiene nada fácil el viejo establecimiento oligárquico si lo que quiere es hacer trizas a como dé lugar el Acuerdo de paz, cometido que involucra tanto a Santos, como a Uribe y a Vargas Lleras y su inepto Fiscal de bolsillo.

Hacer trizas la paz no es más que certificar, por parte del establecimiento, su propia partida de defunción.

¡Quien lo creyera, la paz es la última tabla de salvación de un Estado en crisis y colapsado!

Por supuesto, es, para los revolucionarios, una herramienta de acción con objetivos superiores desde la perspectiva de la democracia ampliada, la justicia social, los derechos humanos, el medio ambiente y el socialismo científico.

Que se olviden si lo que pretenden es remozar su decadente infraestructura de dominación. Que se olviden si lo que pretenden es callarnos e impedir que surjan nuevos procesos y movimientos populares. Todo ello es un imposible histórico.

Otra Colombia está en camino como lo acaban de mostrar los indígenas y campesinos del Cauca, Nariño y el Valle del Cauca.