Por Horacio Duque

No sobra afirmar la aquiescencia con todo lo acordado en el Primer Congreso constitutivo del Partido de las Farc. Completamente de acuerdo con el nombre de Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común para la nueva agencia sociopolítica propuesto por Iván Marquez como elemento de memoria histórica e identidad cultural; de igual manera, aceptación de los símbolos y los colores como la rosa roja, la estrella roja de las cinco puntas y el color verde en la sigla; y en igual sentido la actitud sobre la esencia de la plataforma teórica libertaria y critica.

Nos identificamos completamente con todo este repertorio de referentes surgidos del evento en mención. Somos militantes de ese patrimonio y actuaremos en consecuencia en la movilización social que sobrevendrá en los escenarios que la paz “imperfecta” está creando en toda la formación social.

Sin embargo, en el marco del ejercicio de la política mediante el uso de la palabra argumentada y de la nueva democracia que se pretende construir haremos reflexiones abiertas para hacer notar errores y equivocaciones notorias en las decisiones y actividades que se adelanten.

En ese sentido nos planteamos las siguientes cuestiones ¿le quedo grande a Timochenko y a los otros de su entorno más inmediato la democracia ampliada que con tanto empeño demandaron y consensuaron en los pactos de paz? ¿Se conservan todavía los hábitos anteriores de comportamientos y determinaciones autoritarias que pasan por encima de principios mínimos del modelo democrático?

El origen de estas preguntas está relacionado con las votaciones mediante las cuales se escogieron las nuevas instancias de dirección de la Farc.

Por los escrutinios de las votaciones para el nuevo Consejo Nacional de los Comunes la primera votación es la de Iván Marquez (888), le sigue Pablo Catatumbo (866), después esta Jesús Santrich (835),  aparece en cuarto lugar Joaquín Gómez (827) y  en quinto lugar quedo ubicado Timochenko, con 821 sufragios.

Pero en las dos sesiones que ocurrieron en el primer Plenario del Consejo de los Comunes, los días 2 y 3 de septiembre, el ejercicio político que se presentó no fue claramente uno de democracia ampliada sino de autoritarismo a ultranza.

Omitiendo el principio de las mayorías, tan elemental en la tradición democrática, las votaciones citadas, verdad política de a puño para este caso, se ignoraron olímpicamente.

Mejor dicho, la democracia ampliada en ciernes les importo un pito a ciertos dirigentes atrapados aun en las lógicas del verticalismo militarista.

Timochenko con el quinto lugar debió reconocer su evidente derrota en la plenaria del Congreso. Debió encajar el desafortunado momento y admitir la caída de su liderazgo establecido en el pasado por antigüedades y otros méritos guerrileros. Eso ya no debe definir hoy las jerarquías pues es con votos y argumentos que se deben construir.

El paso siguiente era asumir la contundente realidad política y propiciar el liderazgo colectivo de Marquez, Catatumbo y Santrich.

No fue así.

En la plenaria se dio una arremetida descomunal contra Santrich por parte de un núcleo integrado por Lozada, Alape y Granda, con estímulos implícitos, para  imponer aberrantes prácticas de esa neoescuadra militarista que se niega a operar con los códigos de la democracia ampliada.

La tercera votación fue apaleada con deliberación ocasionando el inevitable rechazo interno y el externo en la medida en que se rompe la práctica del hermetismo autoritario.

Contra Santrich se esgrimieron argumentos de la peor calaña como su presunta deslealtad por haber adelantado una huelga de hambre en solidaridad con los prisioneros políticos que debió suspender por las presiones de la Casa de Nariño en concurso con la facción santista estructurada en los años recientes en el campo de la insurgencia.

Pésimo el antecedente. Mal mensaje a la sociedad que se quiere convocar para exigir la democratización política y la superación de la exclusión del otro.

Con ese infortunado evento queda un largo camino por recorrer en la denominada democracia avanzada y sus elementos básicos. Ojala la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común corrija y de ejemplo en esta compleja tarea de superar uno de los principales factores causantes de la violencia en Colombia, la exclusión política que ahora se practica en los escenarios interiores de la Farc.

Es necesario hacer este debate oportunamente y de cara al país porque de persistir tales equivocaciones el fin será el de la extinción de ese actor político del cual se espera un alto perfil en su protagonismo movilizador de los movimientos sociales.

Lo cierto es que el papayazo se dio y otros, en el campo de la oligarquía sabrán capitalizarlo.

Nota. A costa de la esencia revolucionaria de un nuevo proyecto emancipatorio ciertos advenedizos filtran el modelo cooperativista del Mosad para desviar el cambio radical del Estado y la sociedad nacional.