La redacción de ANNCOL publica, en otra entrega, el capítulo 4 del libro inédito titulado “Gilberto Viera: Memoria a muchas manos” Colciencias-Corpos. Bogotá.2002. Mimeo. Protegido por derechos de Autor y de publicación NO autorizada; insistiendo en que es un libro inédito, protegido y de publicación no autorizada, que exige la responsabilidad correspondiente a quien los utilice.

 

4 .El movimiento campesino y guerrillero

Por Alfredo Molano Bravo

El inicio

Mis enfrentamientos con el sistema comenzaron siendo yo muy joven. Nací en Medellín, y cuando tenía tres años nos fuimos a vivir a Manizales, que más que un pueblo, era un convento. Estudiaba en el colegio de los hermanos Maristas y había uno que era homosexual, raro, decíamos en el lenguaje de la época. Los alumnos nos sentíamos amenazados y decidimos quejarnos y mostrar la doble moral. Yo fui nombrado vocero de mis compañeros, expuse el caso ante las directivas y resulté expulsado por instigador. Ingresé al bachillerato de la Universidad de Caldas que se llamaba entonces Instituto Universitario de Caldas. El rector, un hombre sumamente reaccionario, nos reunía los sábados para hacernos oír una perorata contra el socialismo. Eran sesiones largas y aburridas, carentes de argumentación y llenas de lugares comunes y adjetivos. Yo protesté, muchos me apoyaron, y lo hice en nombre de la libertad de opinión. Me expulsaron con, digamos, todos los honores. Me sentí muy orgulloso. Mi padre —un conservador moderado, muy respetuoso de las ideas ajenas— nunca me reprochó mis tendencias revolucionarias. Mi madre, una mujer generosa y discreta, no entendía nada de política.

Ellos se debieron conocer en Antioquia, en Medellín o en algún otro lugar de Antioquia, porque mi abuelo materno, John Henry White, en una época fue administrador de algunas minas de capitales ingleses, minas de oro. Antioquia era el departamento de la minería de oro en esa época. Mi abuelo era un ingeniero inglés que vino a Colombia con dos de sus hermanos contratados por la administración de Tomás Cipriano de Mosquera. De esos hermanos se quedaron dos en Colombia definitivamente. Mi abuelo y otro que fue el tronco de los White Uribe y los Uribe White del Valle del Cauca.

Mi abuelo fue un hombre que se enamoró no solamente de mi abuela sino de Colombia. Se dedicó a ser explorador en Urabá de lo que entonces era pura selva. Fue fundador de Dabeiba y fue un hombre muy apreciado porque hizo una labor progresista muy importante. Mi abuelo no volvió a salir de Antioquia y tuvo doce hijos. Él, como buen inglés, era un hombre muy reservado. Hablaba muy poco. Era un hombre muy tranquilo, muy bueno. Pero él no era hombre de hacer confidencias ni de contar nada. Ni de sus orígenes, ni de su familia, ni de Inglaterra, ni nada. Él llegó aquí y el resto del mundo se acabó para él. Se dedicó a su esposa antioqueña y a trabajar en Antioquia.

Mis abuelos paternos eran gente muy modesta, digamos, que vivían en el pueblo, hoy día un poco crecido de Sopetrán, en Antioquia. Eran don Lázaro Vieira y doña Concepción, doña Concha Gaviria. Lo curioso es que los familiares Vieira eran conservadores y los familiares de mi mamá eran liberales. Entonces no sé si en alguna de las andanzas de mi papá se conocieron, o en Medellín. Naturalmente ellos tenían diferencias, y yo oía las opiniones políticas distintas a veces de mi papá y mi mamá. Creo que desde entonces comencé a tener una gran desilusión de los partidos tradicionales de Colombia. Eso pudo influir un poco en que yo buscara un nuevo camino o tratara de abrirlo.

Claro que mi padre, don Joaquín Vieira, era un hombre muy bondadoso, muy tolerante. Mi madre pudo haber estado marcada por un hecho que conmovió mucho a mis familiares y a toda la opinión pública, que fue el asesinato del general Rafael Uribe Uribe. Mi abuela, doña Rita Uribe, era prima del general Uribe. Entonces sin que yo me acuerde, en mis primeros años, ese acontecimiento tuvo que marcarme mucho. Esa fue una conmoción, un luto muy grande para toda mi familia.

Mi papá se convirtió en un especialista, digamos, de la administración de rentas departamentales y fue llamado a gerenciar las Rentas de Caldas. A mí me llevaron muy pequeño, yo creo que, de tres años, hacia Manizales y allí me levanté. Allí nació mi hermana Maruja Vieira, la poeta, once años después de mí. Mi madre en un tiempo se dedicó con éxito a la fotografía. Yo la recuerdo trabajando con su cámara Kodak de la época, de cajón. No sé por qué la abandonó, pero fue premiada en una exposición, en Manizales. La abandonó tal vez por las enfermedades.

Yo me vine a Bogotá a principios de 1929 a tratar de proseguir mis estudios después de haber sido expulsado del Instituto Universitario. A mí me expulsaron por defender las ideas socialistas. En esa época había una campaña terrible contra el movimiento socialista revolucionario, perseguido por el gobierno conservador. El gobierno de Abadía Méndez y del general Ignacio Rengifo, ministro de Guerra. El Socialismo Revolucionario era un movimiento muy importante pero un poco vago ideológicamente. Era el Socialismo Revolucionario de María Cano. Ellos tenían como el gran atractivo las giras de María Cano por toda Colombia, que eran enormemente concurridas. María Cano interpretó mucho la época de lo que llamaron la prosperidad a debe del país, con la consecuente salida de una enorme cantidad de campesinos a trabajar en las obras públicas. Con las inversiones de la llamada indemnización norteamericana por la separación de Panamá de Colombia, por obra de los Estados Unidos.

Yo defendía las ideas socialistas con un grupo de manizalitas. Éramos tres muchachos que nos interesábamos por el pensamiento socialista, hasta que me expulsaron por defenderlo contra las campañas antisocialistas que hacía el rector del instituto, el señor Francisco Marulanda Correa. Los estudiantes teníamos un centro donde nos correspondía a cada uno hacer trabajos e intervenciones, y yo aproveché mi intervención para tomar la defensa de las ideas socialistas contra lo que nos decía el rector. Fui expulsado en un proceso inquisitorial donde me acusaban de todo lo imaginable y el rector Marulanda Correa se dirigió a todas las instituciones educativas del país para decir que yo era un tipo peligroso y que tuvieran cuidado conmigo. Así me lanzaron al torrente de la actividad política revolucionaria de izquierda en Colombia.

Me vine a continuar mis estudios en Bogotá y me encontré con las primeras actividades de lo que era la izquierda, digamos, del Socialismo Revolucionario que estaba planteando la formación de un nuevo partido, el partido comunista en Colombia. La verdad es que yo me dediqué a eso por completo. Yo no hice universidad, apenas terminé el bachillerato. Me dediqué por completo a la actividad política. Me convertí en un político de profesión revolucionaria.

En el país se vivían días de mucha agitación política y social. La hegemonía conservadora se derrumbaba. El movimiento sindical nacía de la lucha de los petroleros y de los braceros del río Magdalena, de la pelea de los obreros bananeros. Los socialistas revolucionarios recorrían el país. Fue así que fundamos el partido comunista como organización de vanguardia de las luchas que se alzaban en esos días y, con un grupo de camaradas, comenzamos a publicar un periodiquito que llamamos Verdad Obrera.

El partido comunista nació en el seno de los socialistas revolucionarios. Luis Tejada, que fue un gran cronista y un estupendo periodista, comenzó a mover la idea de formar un grupo comunista. Lo apoyaron José Mar, Felipe Lleras Camargo y Luis Vidales, entre otros. Inclusive el grupo lanzó la candidatura de Alberto Castrillón, un dirigente de los socialistas revolucionarios que había sido condenado a cincuenta años de cárcel como promotor de la huelga bananera de 1928. Pero la iniciativa de Tejada quedó trunca a raíz de su muerte. Sin embargo, en el Partido Socialista Revolucionario se propuso la afiliación a la Internacional Comunista. Yo me había hecho amigo de Servio Tulio Sánchez, quien usaba el seudónimo de Vesubio Rojo para firmar los manifiestos revolucionarios a favor de la adhesión a la Tercera Internacional. Era un hombre muy radical. Servio Tulio mandó imprimir unos volantes de inscripción y se organizó una manifestación en el Parque de la Independencia, que terminó en un desfile por la carrera séptima anunciando la fundación del partido comunista. Yo participé en el desfile y la gente, que no había oído nunca hablar de eso, nos miraba entre aterrada e interesada. Terminamos en la Plaza de Bolívar, donde Guillermo Hernández Rodríguez, que fue el primer secretario general del partido, se echó un discurso muy agresivo contra Olaya Herrera, recién elegido presidente de la república, tratándolo de lacayo del imperialismo. El tono fue subiendo, la policía intervino, nos golpeó y terminamos el mitin en la cárcel.

Yo fui elegido muy rápidamente al comité central y me dediqué, recibiendo instrucciones de la dirección, a organizar el movimiento campesino en Viotá. Había una cierta contradicción entre nuestros postulados de formar una organización proletaria y obrera y la realidad de nuestro trabajo: aunque no era exclusivamente entre los campesinos, sí era en ese sector donde teníamos más éxito. Después, esto sorprendía mucho a los soviéticos y entusiasmaba a los chinos.

Nos oponíamos a la guerra contra el Perú que armó Olaya Herrera y la denunciábamos como una gran farsa. Dimos en reunirnos en el Parque de la Independencia para manifestarnos contra el gobierno de Olaya. Sobra decir que cada semana muchos de nosotros terminábamos en la cárcel. Él fue muy hábil y utilizó el nacionalismo que había despertado contra nosotros y nos aisló. Pero nosotros, y yo en particular, no descuidábamos el trabajo político y organizativo con los campesinos.

Se vivía una gran agitación agraria en todas partes. Los campesinos se resistían a seguirle pagando tributo a los terratenientes y pedían tierra para trabajar. Nosotros visitábamos con mucha frecuencia las regiones del Tequendama, en particular Viotá. Allí había haciendas cafeteras enormes, trabajadas por arrendatarios en condiciones de un servilismo verdaderamente indigno e insoportable. Nosotros comenzamos a hacernos voceros de esa insatisfacción creciente y a organizarla, desarrollando una gran lucha de masas. No pensábamos en la lucha armada. Las armas eran para nosotros en ese momento extrañas. Raúl Eduardo Mahecha, un sindicalista, estuvo en Uruguay como delegado de los socialistas revolucionarios en un congreso comunista donde pidió armas para enfrentar a la reacción. Los camaradas se las negaron alegando que la movilización y la organización estaban por encima de enfrentamientos suicidas.

En Viotá, comenzamos poco a poco a reunir a los colonos, a los arrendatarios, a los medianeros, para organizar comités, manifestaciones, protestas, demandas y, claro está, células del partido. Los socialistas revolucionarios habían desarrollado alguna organización y por tanto no partíamos de cero. Había un campesino, un arrendatario que tenía una gran influencia sobre el resto. Se llamaba Ignacio Florián. Yo dormía en su casa, en una troja, o sea en el zarzo porque ya había sido fichado por la policía, que en esa época se llamaba guardia rural. Él era un tipo muy curioso y muy inquieto y solía hacerles bromas pesadas a los amigos y compañeros. Una noche nos despertó a todos diciéndonos: "¡Ahí viene la guardia, camaradas, corran!" Yo le dije: "No Florián, yo no nací para eso. No tengo de qué correrme." El hombre soltó la risa y dijo: "Este monito sí es valiente". Fue así como cogí fama, sin merecerla, de ser echado para adelante.

El descontento era muy grande porque los campesinos tenían que pagar arriendos muy altos por el uso de la tierra; eran arriendos que se pagaban en café y a los trabajadores, descontado estos cánones, les quedaba muy poco, casi nada. De manera que lo que nosotros, los comunistas, hicimos, fue organizar el descontento. Pero el descontento organizado es fuerza política y los latifundistas no estaban dispuestos a tolerarla.

El gobierno de López Pumarejo abrió grandes esperanzas. Era un reformador de avanzada. Nos entendimos con él y sobre todo, en materias agrarias, con Darío Echandía. Hubo muchas coincidencias. Pero antes que nada, López nos permitió manifestarnos y salir a la calle. Quizá nunca el pueblo trabajador y la oposición habían gozado de tanta libertad para expresar su inconformidad y sus ideas. Creo que difícilmente habrá otro gobierno tan liberal. El único presidente democrático que he conocido en Colombia es López Pumarejo. Eran democráticos sus métodos, su decisión de ayudar al desarrollo del movimiento sindical. El hecho de que él no tuviera el menor prejuicio anticomunista, por ejemplo. Lo que no significa que simpatizara con el comunismo. Tuvimos un entendimiento real con López Pumarejo. Lo defendimos contra los embates terribles de la derecha, de la reacción conservadora y de la derecha liberal. Entonces organizamos conjuntamente muchas manifestaciones de apoyo a la política de López y en el desarrollo de esa política pues apoyamos también a su ministro de Gobierno, a Echandía, que fue un hombre muy avanzado, muy democrático además de muy ilustrado, mucho más ilustrado que López. Con Echandía tuve muy buena amistad personal. Con López también, pero López era el presidente y no puedo considerarme amigo personal de él.

Fueron años de intensa actividad agitacional y organizativa, dirigida en buena parte a respaldar y a hacer avanzar las reformas sociales y políticas de la Revolución en marcha. La organización de las bases logró estructurarse en el nivel nacional e impulsar manifestaciones de respaldo a López y de rechazo a las derechas reaccionarias, como la que tuvo lugar aquel Primero de mayo de 1936, cuando el pueblo desfiló a favor de reformas. Fue la manifestación más grande que yo haya visto. Yo llevé la palabra a nombre del partido comunista desde la misma tribuna en la que estaba el presidente.

El país entero hervía. Muchas regiones campesinas de Cundinamarca, Boyacá, los Santanderes y el Tolima eran un semillero de inconformidad. En Cundinamarca, en el Sumapaz, había un dirigente anarquista, Erasmo Valencia, que pese a su indisciplina, impulsó el movimiento campesino. Organizaba invasiones a los latifundios, creaba núcleos y quería fundar por allá en el páramo una especie de falansterio, una ciudad campesina, inspirada en los principios que llamó del comunismo libertario. Fuimos amigos de él y de algunas de sus tesis hasta que rompimos porque él decía que la Ley de tierras, la de la función especial de la propiedad, era una norma que favorecía a los latifundistas. Pero luego apareció encabezando una cabalgata en honor de Eduardo Santos. Juan de la Cruz Varela, que era un campesino que llegó de Boyacá al Sumapaz buscando tierra, fue su secretario durante mucho tiempo. De suerte que en el Sumapaz se formó un importante foco de resistencia contra el latifundismo.

Erasmo Valencia era un personaje solo políticamente, solitario. Él se definía como anarquista e hizo un trabajo muy valioso en el sector campesino del Sumapaz. Sacaba un periodiquito que se llamaba Claridad, que hablaba de los problemas de esa región campesina. Creó entonces lo que llamó las “colonias agrícolas” del Sumapaz, que fueron una primera forma de organización. Allí los campesinos que desconocían los títulos de los latifundistas se apoderaron de la tierra. Esa inmensa región que es Sumapaz aparecía escriturada, desde la colonia española, a las familias de dos o tres latifundistas.

Entonces el programa fundamental era desconocer esos títulos.

En todas las invasiones de tierras hubo siempre choques porque los latifundistas eran la parte más importante de la clase dominante en Colombia y lograban el apoyo de la guardia de Cundinamarca —que era como la policía rural en esa época— y del ejército también, en algunos casos. En el Sumapaz y en Viotá hubo choques serios con los guardias armados del latifundio y la gente tuvo que aprender a defenderse con armas desde los inicios de esos movimientos agrarios. Ahí es donde está el origen real del movimiento guerrillero que conocemos ahora en Colombia. Desde mucho antes del 48 la gente tenía medios de defensa, sobre todo en las regiones donde habíamos logrado la influencia del partido comunista, había organismos de defensa del campesinado.

La Ley de tierras que presentó el gobierno de López al Congreso fue muy discutida y pasó. La aprobaron en la Cámara y pasó al Senado pero en el Senado la descuartizaron mucho. La redujeron. Esa Ley de tierras tenía una cosa fundamental que sirvió para la creación de un movimiento agrario independiente en Colombia, y era que reconocía que el que estuviera trabajando la tierra, era el dueño. Esa era la esencia de la Ley de tierras. La Ley creó los llamados jueces de tierras, que debían resolver los problemas que había sobre todo en el Tolima, en el Huila, en Cundinamarca, etcétera.

Pero hubo jueces de jueces. Hubo jueces muy avanzados, muy progresistas en la aplicación de la ley y otros que la aplicaron muy poco. Hubo un juez que resolvió dictar una sentencia contra los campesinos de la Hacienda Florencia de Viotá, de los señores Salgado. El juez ordenaba que tenían que ser sacados de ahí esos campesinos. Naturalmente los campesinos resolvieron resistirse. Era en el gobierno de Santos. Era ministro de Gobierno Carlos Lozano y Lozano. Entonces yo lo fui a visitar a decirle: "Mire, este problema que se ha formado es muy grave, los campesinos no se van a dejar sacar de la tierra que tienen en sus manos." Y era tal la mentalidad, digamos, jurídica de Carlos Lozano, que dijo: "No, pero cómo así que van a desconocer una sentencia de un juez." Le dije: "Sí, una sentencia a favor de los latifundistas, los campesinos no la aceptan". Y se quedó el hombre anonadado con esa noticia de que los campesinos se iban a resistir. Es como le digo, las mentalidades de algunos juristas liberales que no aceptaban la realidad de la lucha agraria. Reforma agraria se puede decir que hubo en el Sumapaz y en Viotá y en cierto grado también en otras regiones de Cundinamarca como Fusagasugá. El latifundista reaccionó de manera violenta. Violentísima. El latifundista fue el origen de la violencia. Es la verdad.

Ellos trataron de detener el desarrollo del movimiento agrario por medio de la represión violenta en todas partes donde brotara el movimiento. De ahí que surgiera la resistencia campesina. El latifundista contaba con las fuerzas del Estado, de la policía. Eso hizo un poco de crisis ya en el gobierno de López porque los campesinos de una hacienda cercana a Ibagué, que se llamaba Hacienda Tolima, comenzaron a apoderarse de la tierra, entonces los reprimieron de una manera brutal; hubo gran cantidad de campesinos asesinados y eso causó una conmoción muy grande en el país y definió también la política del gobierno de López Pumarejo en relación con medidas de reforma agraria que él intentó. La tremenda oposición conservadora, dirigida por Laureano Gómez y la derecha del partido liberal, le impidieron a López avanzar en el camino. No hay que olvidarse de que López era liberal, entonces para él eso era un problema muy grave. Finalmente los campesinos se hicieron dueños legales de esas tierras para poder tener crédito agrario de los bancos.

En Viotá el proceso fue un poco especial. Los señores latifundistas, convencidos de que ya no podían recuperar sus tierras, resolvieron ofrecerle al campesino la venta de la tierra muy barata. Entonces nosotros en ese momento dijimos: "Sí, que la compren", y esos campesinos se volvieron propietarios legales. Los latifundistas la cedieron a precios muy bajos para no perderle del todo. Sacar algún provecho y por supuesto los campesinos también se favorecieron en ese aspecto. La verdad histórica es que el partido comunista comenzó ganando una importante influencia agraria, desde sus primeros años. Menor en las ciudades y entre la clase obrera, sobre la que había mucha influencia del partido liberal. Esa es la realidad.

También, como resultado de la agitación de Gaitán, se formó un movimiento agrario importante en Fusagasugá y en toda la región del Tequendama. Gaitán, a pesar de sus ambigüedades, fue un agitador formidable, aunque muy deficiente como organizador de masas. La prueba es que no prosperó ninguno de los movimientos que fundó y que con su muerte se acabó el movimiento gaitanista. Pero, de todas maneras, los focos de Sumapaz, Fusagasugá, Tequendama y Viotá fueron a la larga formando un eje de inconformidad. También en el Tolima, por los lados de Ortega y Chaparral, donde transitaban esos caminos agitando las ideas agraristas el indio Quintín Lame y Gonzalo Sánchez, un verdadero revolucionario. Mientras tanto los comunistas echábamos raíces, y profundas. En todas las regiones donde hubo núcleos de los socialistas revolucionarios y del gaitanismo en ciernes —el unirismo— los comunistas avanzamos con rapidez, hasta el punto que en 1938 fui elegido representante a la Cámara. Desde allí hicimos grandes debates sobre la cuestión agraria, así como repetidas denuncias sobre la violencia en el campo, resultado de la represión manipulada por los latifundistas. En los Santanderes y en Boyacá la represión dejó varios muertos. Hubo un intento de golpe de Estado organizado por la extrema derecha, fascista, de Laureano Gómez y del liberalismo latifundista acaudillado por Juan Lozano y Lozano. El partido comunista respaldó a López, a pesar de las diferencias que con él ya comenzaban a surgir a raíz de las concesiones que le fue haciendo poco a poco a la aristocracia terrateniente con la Ley 100 de 1944.

Así llegó el 9 de abril. El país estaba al borde de una explosión porque López había cedido y porque la derecha se había fortalecido. Vino el asesinato de Gaitán.

El partido comunista cometió un tremendo error al aliarse con Turbay contra Gaitán en las elecciones del 46. Nosotros veíamos el siguiente panorama: el partido conservador, mejor dicho su jefe, Laureano, estaba apoyando la candidatura de Gaitán. Laureano para nosotros era la peor recomendación política en ese momento; era el jefe del fascismo en su expresión franquista. Eso desorientó por completo al partido. Un partido que venía combatiendo al partido conservador y que tenía como enemigo principal a Laureano, que de golpe resolvió apoyar a Gaitán. Nos dejó, como se dice ahora, fuera de base. Laureano era un genio táctico de la política. El apoyo de Laureano desconcertó hasta a los propios gaitanistas. Jorge Villaveces era jefe de un grupo gaitanista que se llamaba la Jega, un grupo de confianza de Gaitán con el que movilizaban a la gente. No era un tipo brillante teórica ni políticamente, ni mucho menos, pero sí un practicista bastante dinámico, un teniente de Gaitán muy entusiasta. Villaveces decía que era hora de estar con el “hermano godo”. Sólo faltando un mes para las elecciones Laureano apoyó a Ospina y había logrado dividir al partido liberal y confundirnos a nosotros. Ahora, tampoco se puede decir que Gabriel Turbay fuera la derecha; lo que de verdad pasaba era que Gaitán tenía mucho pueblo, su movimiento crecía y crecía y por esa razón la oligarquía, El Tiempo, El Espectador, estaban en su contra y apoyaban a Turbay, que en el fondo había sido un hombre progresista en el partido liberal y en cierto modo también era un hombre de izquierda. De manera que ese fue el error en que cayó el partido comunista, esa es la verdad del apoyo a Turbay; fue un error político que nos costó muchísimo, nuestro pecado fue aislarnos de la masa liberal que fue haciéndose cada vez más gaitanista.

Gaitán

El programa de la Unir era una copia del programa del Apra y por eso hubo cierto distanciamiento con Gaitán, pero a mí personalmente me atraía Gaitán y lo apoyé. En esa época yo era concejal de Bogotá, y cuando fue nombrado alcalde trabajé íntimamente con él. Tuvimos incluso una muy buena relación personal.

Cuando Gaitán fundó el unirismo se le veían perspectivas de desarrollo. Tenía consignas y métodos similares a los del Apra, un movimiento peruano que tenía influencia en toda América Latina. Pero el partido criticó bastante fuerte el programa de la Unir. Ignacio Torres Giraldo escribió una serie de artículos atacando a Gaitán. Había algo de celos ahí. Torres era una persona muy complicada, y esas críticas nos distanciaron de Gaitán.

En el problema de la tierra francamente no teníamos diferencia. Nosotros resentíamos su falta de claridad, las contradicciones en que caía y un cierto eclecticismo que podría llamarse. En los años treinta Gaitán lanzó una lista para la asamblea departamental encabezada por él, pero lo derrotó el liberalismo oficialista y entonces dejó acabar la Unir, su movimiento. Fue una decisión prematura. Si Gaitán hubiera insistido, hubiera podido construir un partido fuerte. Después trató de enmendar su error aduciendo que había llegado a la conclusión de que el camino para hacer una revolución en Colombia era apoderarse de la dirección del partido liberal y con esa perspectiva fue que trabajó y tuvo éxito. No puede negarse. Hizo una carrera magnífica, mostró las posibilidades de un movimiento de izquierda. Tenía también su temperamento y sus contradicciones. Por ejemplo cuando fue nombrado alcalde de Bogotá, decretó obligatorio el uniforme para los choferes de taxi. Los choferes no se aguantaron y le hicieron una huelga de protesta y precipitaron su caída de la Alcaldía. El partido comunista en eso no apoyó a Gaitán, y aunque muy fraternalmente tratábamos de convencerlo de que había que ceder con los choferes, él no aceptó nuestros consejos. Su idea era insólita, rarísima. Es que no se le hubiera ocurrido ni a Stalin.

Pero hizo cosas muy positivas como alcalde. Gaitán se propuso acabar con lo que hoy llamarían los sociólogos "barrios subnormales". En esa época eran el gran problema de Bogotá. El Paseo Bolívar era una zona de tugurios espantosa que había sido promovida por los comerciantes de siempre. Gaitán liquidó esos barrios sin atropellar a la gente, que era lo importante. Toda la carretera de los cerros alrededor de la Quinta de Bolívar estaba invadida de gente pobre, miserable. Era un sector sucio, terrible. Era la explotación de la miseria por los propios miserables. Los pobres hasta les alquilaban rincones de sus ranchos a otros más pobres. Había gente que vivía del arrendamiento de rincones. Gaitán se propuso acabar con eso y construyó el barrio Centenario.

Logró también llevar la cultura al pueblo. Hizo de los actos culturales una institución. Difícil de creer: llenaba el circo de toros a punta de presentar conciertos de obras de Beethoven. Llegó a presentar bailarinas tan famosas como Erika Klein, que después desapareció misteriosamente, nunca más se supo de ella. Se dijo que se había suicidado en el Salto de Tequendama por amor. Gaitán se propuso llevarle al pueblo el arte y la cultura y demostró que el pueblo no era indiferente a eso.

En la ruptura de las relaciones del partido con Gaitán tuvo mucho que ver un ataque muy duro y muy sucio que hizo contra él Augusto Durán, que era el secretario general en ese entonces. Lo llamó negro Caribe —el mismo epíteto que le lanzaban las oligarquías— en una conferencia en la Casa Liberal. Yo lo escuché.

Yo tenía una buena relación personal con Gaitán. Un mes antes del 9 de abril me mandó llamar con su hermano, un médico. Nos vimos en su oficina; fue una conversación muy importante. Ya se había producido la ruptura interna del partido comunista —el llamado caso de Durán—, y Gaitán tenía perfecto conocimiento de nuestras diferencias e inclusive llamaba a Durán "el ave negra". Nosotros estábamos molestos porque Gaitán no había permitido que la famosa Marcha del silencio pasara frente al palacio presidencial, y le pregunté la razón. Me contestó: "Simplemente porque yo no hubiera podido contener a la gente". Seguimos conversando. Recuerdo que me dijo algo que no he podido olvidar: "Mirá Mono, a mí no me van a permitir los oligarcas llegar a la presidencia, entonces voy a lanzar la candidatura presidencial de Echandía. Lo he meditado mucho y he llegado a esa conclusión para evitar una guerra civil". Era una decisión insólita porque todo el país creía que Gaitán iba a ser el único candidato del liberalismo. Había ganado la dirección del partido, no tenía rival, era adorado por el pueblo. Para todos nosotros Gaitán iba ser el presidente y además, ya habiendo salido Durán, se había superado el mal entendimiento con el partido comunista. El entendimiento entre Gaitán y el partido durante la Alcaldía fue bastante bueno.

Había miembros del partido que eran blanco de los ataques contra los que llamaban los intelectuales, pequeño burgueses. Fue una pelea muy dura, una verdadera persecución contra los intelectuales. Según Durán a los puestos de dirección no podían llegar sino obreros, de forma que la mejor credencial que podía presentar un aspirante a los puestos de dirección era mostrar las manos con callos. Eso era ridículo. Yo me hacía un examen de conciencia sincero y me decía: bueno, yo he entregado toda mi vida a esta lucha, ¿por qué me voy a dejar derrotar de estos tipos? Me mantuve firme. Mucha gente que había entrado al partido se desmoralizó por la famosa campaña contra los intelectuales. Torres Giraldo lo había practicado antes, pero Durán llevó la campaña al extremo y formó una rosca para dominar la dirección del partido.

Era un tiempo muy crítico para el movimiento comunista; Stalin disolvió la Tercera Internacional en 1943 cuando la Unión Soviética se alió con Inglaterra y los Estados Unidos contra el Eje en plena segunda guerra mundial. Se dice que fue una exigencia de Roosevelt a Stalin. No sé. Pudo haber sido así, eran los métodos de Stalin. Hubo un dirigente comunista de Estados Unidos, Earl Browder, miembro del comité ejecutivo de la Internacional Comunista que, a raíz de la Conferencia de Teherán, defendía la tesis de que los gobernantes de la alianza antifascista aseguraban la paz y el desarrollo pacífico del mundo; sostenía que la gran alianza de Estados Unidos, Inglaterra y la Unión Soviética contra el nazismo abría la perspectiva de un mundo distinto, una época de paz y desarrollo dentro de la democracia burguesa. Comencé a combatir internamente las tesis de Browder, contra Durán, que las sostenía.

Durán sostenía, como lo sostuvimos todos, que había que apoyar las reformas burguesas; era una tesis que por lo demás no era nuestra sino defendida por la Internacional Comunista para los países coloniales y dependientes. Por eso los comunistas buscamos la alianza con el sector progresista de la burguesía y apoyamos al gobierno de López Pumarejo, en su primera administración. Esto era justificado porque López hizo un gobierno progresista y democrático, que trató de cambiar las relaciones de producción en el campo y prestó una ayuda abierta a la formación y unificación del movimiento sindical en Colombia; ahí colaboramos mucho todos los comunistas. Pero después de López vino Santos. Ya no era lo mismo. Durán sostenía que había que apoyar a Santos; otros sosteníamos una cosa distinta. Presentíamos que Santos iba a cerrar el camino de las reformas democráticas. Ahí comenzaron las diferencias con Durán. Lo más grave fue que cuando triunfó Ospina Pérez, Durán siguió aferrado a que había que apoyar a la burguesía progresista. No, Ospina era distinto a López. Entonces me le enfrenté a Durán. Yo vi el fenómeno a través de la guerra civil española que los comunistas conocíamos muy bien, y sabíamos que el Partido Conservador Colombiano era entonces una organización fascistoide. Ospina y Gómez apoyaron a Franco. Gómez era pro nazi. Total, nosotros veíamos que los conservadores andaban por caminos muy peligrosos. Ese fue el rompimiento mío con Durán. Fue una historia larga que, por lo demás, ya está contada.

La llamada guerra civil española, que fue una guerra contra el nazifascismo, en realidad tuvo gran influencia en la política colombiana. Con el triunfo del generalísimo, la mayor parte de los dirigentes conservadores de Colombia adhirieron al franquismo, e hicieron del partido conservador un bastión de la ideología y la práctica del fascismo en su versión española. La oposición conservadora, que conducía Laureano Gómez contra las reformas de López Pumarejo, dio en hacer "invivible la república" —frase textual de Laureano—, y en predicar abiertamente el atentado personal. Tal cual había sido la conducta de Gil Robles y de Primo de Rivera durante el gobierno de Azaña. En la promulgación del atentado personal como práctica política, por parte de líderes conservadores, me parece encontrar la semilla de La Violencia. El atentado personal cobró cuerpo en el cadáver de Gaitán.

Había conexión directa de Laureano Gómez con el régimen español de Franco y más específicamente con la llamada falange. En el primer período que estuve en el Congreso, en la Cámara de representantes, hice un debate denunciando la intervención del régimen franquista en Colombia a través de un enviado de apellido Gines de Alvareda. Ese hombre estuvo aquí asesorando a los dirigentes conservadores y estableciendo un vínculo directo. Cumplía su misión, pero gracias a las denuncias que hicimos, tuvo que irse del país. Lo ataqué mucho. Supe de él a raíz de una manifestación que organizó en Barranquilla donde mataron a un obrero y originó un gran escándalo. Luego él participó en la manifestación contra la República liberal fundada por López Pumarejo y Darío Echandía.

Con Eduardo Santos tuvimos muchas diferencias pero teníamos un punto que nos acercaba que fue la República española. Santos estaba contra el franquismo. Nosotros conocíamos muy bien lo que pasaba en España. Estábamos al tanto, teníamos información sobre los pasos que daba el Partido Comunista Español y, naturalmente, lo que proponía el partido socialista de Largo Caballero y Prieto. Mirábamos con desconfianza a los anarquistas —un movimiento muy fuerte en España— y a su organización política principal, la Confederación Nacional de Trabajadores, CNT. La CNT era una fuerza poderosa; admiramos a sus héroes como los hermanos Ascaso, y al gran Durruti, un valiente revolucionario, héroe contra el levantamiento militar de Franco.

Durruti fue una persona muy conocida mundialmente en la época de la guerra. No tuvimos relaciones con él porque no estábamos de acuerdo con las tesis anarquistas ni con los procedimientos que adoptaron, al fin y al cabo el anarquismo fue una doctrina que le hizo mucho daño a la Primera Internacional. Su teórico y principal predicador fue precisamente un príncipe ruso, Bakunin. Fue famosa la polémica —larga y agria— entre Bakunin y Marx, hasta que Marx exigió que Bakunin fuera expulsado de la Internacional. Es historia antigua, del siglo pasado. Por supuesto tampoco estábamos de acuerdo con los procedimientos anarquistas porque también defendían el atentado personal.

Pero más crítica nuestra recibía la tesis anarquista de que había que hacer una revolución para acabar con toda forma de Estado, de gobierno. Una utopía absoluta, que en mi opinión fue fatal para la causa de la República española, porque los anarquistas tenían mucha influencia especialmente en Cataluña y se les ocurrió poner en práctica sus teorías contra el Estado republicano español en plena guerra civil. No estuvimos de acuerdo y rehuimos tener contacto con ellos, lo que no nos impide reconocer el valor de un Durruti.

El anarquismo hubiera sido nefasto entre nosotros porque aquí lo que se imponía como tarea prioritaria era la organización de los campesinos para defenderse de los terratenientes.

El 9 de abril

El 9 de abril, es decir el asesinato de Gaitán, como es lógico, nos tomó por sorpresa a todos. Los comunistas decidimos que nuestro deber era contribuir a la caída del régimen conservador y nos pusimos en la tarea de organizar una huelga general.

Yo me fui de inmediato para las oficinas de la CTC, que quedaban en la Calle 14. Bogotá estaba convulsionada, la gente en la calle sin saber qué hacer. En la CTC estuvimos analizando la situación y fortaleciendo la orden de paro nacional, pero no lográbamos hacerla efectiva. Desesperado salí a la calle a ver qué podíamos hacer, teníamos que ponernos al frente de eso que era ya un levantamiento popular. Otra comisión del partido comunista estaba en la Clínica Central hablando con los jefes liberales, pero no lograron que ellos se decidieran por la huelga. Por el contrario, se fueron a palacio a apoyar al gobierno, aunque a la gente le decían que habían ido a pedirle la renuncia a Ospina.

Las calles estaban llenas de gente, había de hecho una situación sumamente explosiva. Pero la gente no estaba para discursos, simplemente no oía; quería acción. A eso se le sumó la policía de la Quinta estación, un cuartel comandado por oficiales liberales que decidieron sublevarse contra sus mandos que eran, desde la subida de Ospina, conservadores. El pueblo estaba enloquecido y no aceptaba órdenes ni consignas. El ejército estaba también desconcertado, dejó solas las calles salvo los bancos. Tenían la orden perentoria de no permitir que la gente se acercara a los bancos. Lo demás era libre. La gente rompió las puertas de las ferreterías para armarse, las ventanas de los estancos y de las cigarrerías para emborracharse y otros, los más necesitados, se dedicaron al saqueo de tiendas y almacenes de grano porque la gente estaba por aquellos días con hambre. La sublevación degeneró en anarquía.

Yo me subí corriendo a la estación Quinta de policía. En el camino alguien me reconoció y me dijo: "Camarada, le regalo este abrigo, y por favor cuídese". "No gracias", le respondí. Era un abrigo elegante que se acababa de robar de los almacenes Valdiri. Llegué a la estación y allá también cundía el desconcierto. Adán Arriaga Andrade, que era el que dirigía a los policías sublevados, no sabía qué hacer. Yo le dije: "Hombre, saque a los hombres armados a la calle a imponer el orden para impedir que esto termine en una gran borrachera". Pero Arriaga Andrade dudó. Fidel Castro estuvo en esa misma estación y pensaba, según me contó después, lo mismo que yo, pero yo no lo conocí en esa oportunidad. Estábamos discutiendo con Arriaga, cuando en esas se vino un avión. Hizo un vuelo rasante. No he visto actitud más vergonzosa en mi vida que la de Arriaga y la de los oficiales de policía: ¡prácticamente salieron a rendirse y a entregar las armas!

Alguien me dijo que los jefes de la insurrección se habían tomado El Tiempo y estaban dando órdenes desde allá. Llegué corriendo. Estaba solo Roberto García-Peña. Era mi amigo. En la Radio Nacional un grupo de estudiantes trasmitía consignas incendiarias diciendo que de los faroles de la Plaza de Bolívar pendían los cuerpos de Ospina y Guillermo León Valencia. Gerardo Molina, Diego Montaña Cuéllar y Jorge Zalamea trataban de hacerse oír por las calles y también desde la Radio Nacional. Todos sabíamos que se perdían momentos preciosos porque la sublevación popular estaba degenerando en un gran pillaje. Sin duda fue la consigna de las autoridades: dejar las calles libres y defender los bancos y el palacio. Con Roberto García-Peña concluimos que no había nada que hacer. Yo llegué a mi casa el domingo, había dormido muy poco y había podido hacer menos.

El ejército se desplegó por el centro de la ciudad. Habían llegado los refuerzos que desde Boyacá había mandado a marchas forzadas el gobernador José María Villarreal para defender al gobierno. Eran soldados y policías regulares, pero también campesinos armados, reclutados en los feudos conservadores. Llegaron a imponer el orden de siempre, es decir a asesinar a la gente que estaba en la calle.

Bogotá ardía. El palacio episcopal, el palacio de justicia, la cancillería y muchos edificios habían sido incendiados, entre esos el edificio Mazuera, donde el partido tenía su sede y hacía sus reuniones. Por eso tuvimos que reunirnos en casa del magistrado Juan Francisco Mújica, una eminencia jurídica respetadísima que era comunista. Me lo había presentado Miguel Angel Gaitán, el hermano de Jorge Eliécer. Nos reunimos en su residencia en la Calle 22 para analizar la situación, y en esas estábamos cuando nos allanó el ejército: "Señores, ustedes quedan detenidos", nos dijo el comandante, un teniente de apellido Hollman. Nos sacaron de la casa del doctor Mújica y nos hicieron alinear contra una tapia que quedaba enfrente. En esas salió una hermana del magistrado y, creyendo que nos iban a fusilar, gritó por la ventana: "¡Ahí no, por favor, ahí no!".

No nos fusilaron, pero nos llevaron presos a una estación que quedaba cerca al Parque Nacional: desde allí vimos el entierro de Jorge Eliécer Gaitán, oímos los discursos. Un camarada puertorriqueño, llamado Enamorado Cuesta, denunció nuestra desaparición. Nuestras familias estaban angustiadas porque no nos habían permitido llamar por teléfono y para rematar, desde El Tiempo Calibán nos había acusado a nosotros, los comunistas, de haber sido los autores del magnicidio. Los periodistas extranjeros, que son los que suelen sorprenderse de la manera brutal como aquí se reprime, y que estaban en Bogotá cubriendo la Conferencia Panamericana, arrinconaron a preguntas a Enamorado y él precisó la denuncia: están desaparecidos. Entonces, los periodistas le preguntaron a Echandía, ministro de Gobierno recién nombrado y con quien sosteníamos una muy buena amistad, y él dio la orden de averiguar nuestro paradero. Cuando nos localizaron, nos soltó inmediatamente, pero al salir supe que en Medellín habían detenido a Cecilia por ser mi novia. Por tanto, de la cárcel me fui directamente para donde Echandía. Él me dio garantías y ordenó soltar también a Cecilia.

El 9 de abril fue un cimbronazo que conmovió todo el país. En Barranquilla, los comunistas y los liberales se tomaron la alcaldía y la gobernación; en Cali también, pero Rojas Pinilla, que era el comandante de la brigada, puso presos a los dirigentes comunistas y los envió a Pasto. En Medellín también actuamos de acuerdo con el liberalismo. En todas las ciudades grandes los liberales y los comunistas habían desalojado a las autoridades conservadoras de las sedes de gobierno. En Barranca, donde los obreros tenían por costumbre tomarse el poder local con cada huelga, fue el levantamiento más orgánico y el que logró resistir más tiempo, pero al fin fue derrotado y su principal dirigente, Rafael Rangel Gómez, se echó al monte y organizó las guerrillas del Magdalena medio. En Armero, los liberales enardecidos botaron al cura desde el púlpito y lo mataron. En Viotá pusieron presos a los pocos conservadores, igual que en muchos pueblos. Los intentos civiles de tomarse por la fuerza el poder en muchas poblaciones y capitales aterrorizaron a la oligarquía y crearon la condición emocional para una represión brutal, sistemática y calculada. La policía fue rápidamente conservatizada, se sacó a todos los oficiales sobre los que se tenía indicio de que simpatizaban con el liberalismo y se reforzó el personal subalterno con criminales sacados de las cárceles y con conservadores envenenados por las consignas oficiales contra los enemigos de Dios y de la Patria. Con esas fuerzas fascistas se dio inicio a la más feroz y brutal de las represiones contra el pueblo. A los latifundistas se les dio mando sobre esos cuerpos armados, que se dedicaron a recuperar las tierras ganadas por los campesinos mediante la reforma agraria de López y Echandía. En las ciudades la represión se dirigió contra los comunistas, los sindicalistas y los estudiantes. Cualquier protesta era tachada de comunista y sus dirigentes perseguidos. El sindicalismo patronal conoció sus mejores días. Comenzaron años negros para el pueblo.

El pueblo resistió porque a través de su historia ha aprendido a hacerlo. La organización que se logró el 9 de abril era más una reacción emocional que una verdadera fuerza que pudiera enfrentar a los chulavitas y a la policía. Pero en algunas regiones, como Cundinamarca y el Sur del Tolima, donde la lucha por la tierra era más fuerte, los campesinos se venían armando, de manera muy precaria claro está, pero en cierto sentido de una forma más avanzada y sólida. Eran organizaciones de verdadera autodefensa campesina contra la arbitrariedad y la violencia de los terratenientes. No buscaban derrocar el poder político de entonces, sino sólo resistir. Surgieron jefes formidables como Isauro Yosa, Jacobo Prías Alape —el célebre Charronegro—, y el mismo Manuel Marulanda Vélez. En Sumapaz, Juan de la Cruz Varela; en el Cauca, Ciro Castaño. Eran campesinos que se pararon en la raya y le dijeron al gobierno: nosotros no nos vamos a dejar matar.

En el Llano surgió otro movimiento social y político que fue adquiriendo importancia, organizado en su comienzo por ganaderos liberales que sentían pasos de animal grande. Plinio Mendoza Neira fue el principal impulsador de ese movimiento. Él llamaba a la insurrección armada, y nosotros los comunistas estuvimos en varias reuniones con él para tratar el asunto. Nuestro interés era, en principio, tomar contacto con los jefes guerrilleros, conocer su lucha, entenderlos. Los comunistas sosteníamos, a diferencia de los liberales, que se trataba de un movimiento popular auténtico, una reacción de los campesinos que tenía formas de organización nuevas y eficaces. Nos llamaban la atención las coincidencias espontáneas con otros movimientos campesinos históricos —las guerras campesinas de Alemania, las jacqueries francesas, la revolución china. Había mucho que aprender de la respuesta de nuestros campesinos.

La historia es así, el movimiento campesino de autodefensa probó que era una cosa seria, sólida y que estaba avanzando. Decidimos meternos a trabajar con él. En ese momento eran esfuerzos heroicos pero muy dispersos. Eran guerrillas sueltas como las que se habían formado durante la guerra de los mil días y que continuaron después de que el liberalismo fue vencido. No se sabía quién las controlaba. Las que tenían una clara orientación liberal, nadie sacaba la cara por ellas. Nosotros comenzamos a tomar contacto con los guerrilleros del Llano, del Tolima, de Cundinamarca, de Santander para discutir un programa, para intercambiar experiencias y establecer formas de colaboración y, digamos, evaluar la posibilidad de una estrategia común.

Entonces surgió la idea de crear una comisión en Bogotá, una comisión coordinadora encargada de hacerle eco político a las acciones de los campesinos alzados en armas. Pero ellos nos hicieron saber que necesitaban también medicinas, ropa y sobre todo armas, porque gente tenían y de sobra. Fue entonces cuando se organizó una comisión de apoyo al movimiento guerrillero encabezada por Julio Roberto Salazar Ferro, que era miembro de la Dirección Liberal Nacional. Estaban un médico de apellido Santos, muy influyente; y el doctor Rafael Mendoza Isaza, primo hermano de Franco Isaza, un muy destacado guerrillero del Llano. A mí, el partido comunista me encargó de impulsar la unificación del movimiento guerrillero. Nosotros veíamos que era una reacción popular que debía ser encausada hacia objetivos políticos que trascendieran la mera resistencia armada. Por eso me di a la tarea de organizar una reunión nacional clandestina de delegados guerrilleros.

Conferencia de Boyacá

Los dirigentes del partido liberal no apoyaron oficialmente al movimiento guerrillero, pero sí hubo muchos liberales que colaboraban. En contacto con los liberales que simpatizaban con el movimiento guerrillero realizamos lo que llamamos la Primera conferencia nacional guerrillera, que se proponía unir en la acción a los muchos y muy diferentes grupos de guerrilleros que había en Colombia, que habían surgido espontáneamente y por tanto carecían de una orientación. Dicho surgimiento, hay que subrayarlo, fue una creación propia y yo diría espontánea del pueblo colombiano para responder a la política de terror oficial de los gobiernos de esa época. Los comunistas encontramos en la amistad y en la colaboración de algunos liberales apoyo para crear una coordinación general, muy flexible, del movimiento guerrillero. A decir verdad, nosotros teníamos nexos con muchos de esos grupos en todo el país. Con el liberalismo —o con un sector de ese partido, insisto— formamos, pues, un grupo político de apoyo al movimiento guerrillero. Había liberales sinceros. Entre ellos el mismo Julio Roberto Salazar Ferro y un médico muy capaz que ya mencioné, Rafael Mendoza Isaza. Había otros liberales con los que colaboramos pero que no menciono porque todavía viven, y puede que no les guste que revele sus nombres.

La coordinación de todos los pequeños grupos alzados en armas —cuadrillas o guerrillas— fue iniciativa nuestra, de los comunistas. Un día les propusimos a los liberales de izquierda que hiciéramos algo en respaldo del movimiento guerrillero puesto que, en ese momento, era la única forma que tenía la oposición de expresarse contra el régimen del terror de Ospina y Laureano. Tomamos la iniciativa, conversamos con ellos y formamos esa comisión coordinadora. Esa es la historia.

No fue fácil ubicar a los jefes guerrilleros, reunirse con ellos, y despertarles confianza y solidaridad. Era muy difícil. Pero por amistad con algunos de los liberales, por relaciones familiares con otros, fuimos llegando poco a poco. Tomamos contacto con los jefes guerrilleros del Llano, fuimos a buscar a los grupos guerrilleros de Antioquia —a Urrao—, y también entramos en contacto en Santander con Rafael Rangel. Yo estuve encargado por cuenta del partido comunista de impulsar toda esa coordinación. Trabajé clandestinamente, desde luego, pero de manera constante en esos años. Era un trabajo bastante difícil y por supuesto muy arriesgado, pero aprendimos a movernos y supimos aprovechar las relaciones que teníamos desde hacía tiempo con movimientos agrarios.

Porque nunca hay que olvidar que, en general, los grandes movimientos agrarios de agitación y de protesta se fueron convirtiendo en movimientos guerrilleros. Con pocas excepciones. Entonces valiéndonos de nuestro contacto directo con ellos no nos fue tan difícil establecer relación con los alzados en armas. Viajábamos con mucha cautela, nos movíamos con cuidado y la gente nos protegía, nos ayudaba. Existían todavía ciertas formalidades legales. El régimen terrorista de Ospina Pérez y de Laureano Gómez fingía ser un gobierno democrático que aparentemente respetaba algunas garantías en las grandes ciudades, mientras acrecentaba el terror contra el pueblo en el campo. Nos amenazaban continuamente porque sospechaban de nosotros. Sospechaban —y muchas veces sabían con certeza— que teníamos contactos con los campesinos alzados en armas, repito, para unificar todos los grupos guerrilleros en un solo movimiento político.

Nuestra estrategia era muy clara y sencilla: luchar contra un régimen nefasto, represivo, terrorista, hasta encontrar una salida democrática efectiva. Ese era todo el programa, el terrible programa de los comunistas que el régimen perseguía a sangre y fuego. Pero aunque cada día las cosas se ponían más y más difíciles para mí y para los comunistas en general, yo nunca pensé en coger las armas porque no tenía cualidades para esa vida. Comprendía que yo no tenía capacidades físicas, y por eso también admiro mucho a los guerrilleros. Soportar esa vida de privaciones y de sacrificios, viviendo al descampado, de un lado a otro, en constante movimiento es, simplemente, admirable. Yo reconocía que no era el hombre para eso.

Los comandantes y jefes guerrilleros no eran en general personas preparadas. Eran revolucionarios convencidos de que había que cambiar la situación tan atroz que había en Colombia. Pero entre los dirigentes no había ninguno que descollara por su preparación intelectual o política. Se fueron preparando en la lucha, esa es la verdad. Nosotros orientábamos en muchos casos esa preparación, pero la mayoría de las veces la iniciativa partía de ellos. Nos enviaban emisarios a informarnos lo que estaban haciendo, y la confianza fue tal que a veces hasta nos contaban los planes que tenían. Pero la responsabilidad militar era de los jefes y comandantes. Nosotros no sabíamos de eso.

No logramos, sin embargo, la unificación completa del movimiento guerrillero. Se avanzó muchísimo en la primera reunión en Viotá, que llamamos —para confundir— Conferencia de Boyacá del movimiento guerrillero. Fue una reunión muy segura, defendida por la organización campesina armada. Nosotros los invitamos a enviar delegados a esa conferencia que en realidad tuvo un carácter nacional y, claro está, era de guerrilleros. Su objetivo, unificar las guerrillas, en general se cumplió. Los delegados de los diferentes movimientos discutieron el rumbo que tomaba el gobierno y la forma como se iba desarrollando la lucha, y al cabo del encuentro se adoptó un programa mínimo, que era un programa democrático avanzado. Lo básico era el restablecimiento, por lo menos, de las instituciones democráticas en Colombia; el cese de la terrible represión del Estado en esa época contra el pueblo en general. Pero se propusieron también cosas que no se podían realizar en la práctica, como la formación de gobiernos campesinos en las zonas guerrilleras. Fue una reunión de tres días que se llevó a cabo en una casa campesina. El pueblo de Viotá —todos los pueblos— estaba ocupado por las Fuerzas Armadas oficiales. Nosotros nos movíamos entre los campesinos y sus casas. Los campesinos nos cuidaban y nos informaban. Había peligro porque la policía y el ejército hacían retenes, requisas a la entrada de los pueblos, detenían a la gente que les parecía sospechosa, subversiva.

Así que nos reunimos en Viotá, a mediados de 1952. Del Llano vino un comandante Roa; de Caldas, Pedro Brincos, un tipo aguerrido pero muy indisciplinado; del Tolima, el comandante Olimpo —acaba de morir Hernández Barrios—. Del Sumapaz llegó Juan de la Cruz Varela, que era un dirigente gaitanista que después adhirió al partido comunista, un hombre muy capaz y honrado.

Nosotros llegamos a la región de Viotá por la parte alta, por la cordillera de Subia, porque el pueblo de Viotá estaba lleno de ejército. Nos tocó dar toda la vuelta por la cordillera entrando por Silvania. Por esa misma cordillera que veo cada día en el cuadro de Viotá que me regaló Gonzalo Ariza. Andábamos por trochas. Atravesamos la cordillera todos juntos; nos habíamos reunido en Bogotá y de ahí fuimos saliendo poco a poco para reunirnos cerca a Silvania y llegar en un sólo grupo. Eran unos 35 delegados, recuerdo, y tuvimos tres días de discusión, de información. Las diferencias no fueron insalvables y en realidad eran muy pocas: estábamos unidos en la lucha contra Laureano Gómez, contra Urdaneta Arbeláez. En eso no había diferencia alguna.

De esa Conferencia nacional guerrillera surgieron varias directrices. La más importante en términos prácticos fue, sin duda, la decisión de apoyar con propaganda a las guerrillas. Pero también la de ayudarlas con medicinas, equipos quirúrgicos, botas y, naturalmente, armas. No obstante, era un apoyo muy menor porque las guerrillas se abastecían solas. La extrema derecha de siempre comenzó con la cantaleta anticomunista y se acusó a los guerrilleros de recibir ayuda de la Unión Soviética. La verdad era otra. Los soviéticos no entendían qué pasaba en Colombia y, a mi manera de ver, nunca lo entendieron, a pesar de que yo escribí muchos artículos resaltando el carácter popular del movimiento armado campesino. De la Conferencia había salido también otra cosa fundamental: un programa de tendencias agraristas y de reivindicaciones democráticas populares. No era más. Cuando lo comenzábamos a poner en práctica, Rojas Pinilla tumbó a Laureano Gómez.

Nuestros objetivos de unificación se lograron y comenzaron a desarrollarse hasta que vino el golpe militar de Rojas Pinilla y entonces cambió la situación. Hay que reconocer que el golpe de Rojas dio un giro radical a la situación de ese momento. No sólo por la demagógica consigna de Paz, justicia y libertad que elaboró su ministro de Gobierno, Lucio Pabón Nuñez, sino por hechos reales: el régimen, en manos de los militares, resolvió suspender toda operación contra las guerrillas, se acabaron las ofensivas militares. Vino un período corto de entusiasmo por la paz. Eso ilusionó mucho a algunos sectores guerrilleros como los de los Llanos, que procedieron a entregarse con todas sus armas. Pero no puede decirse que el gobierno de Rojas hiciera algo en favor de los campesinos. No. Se hicieron algunas obras públicas donde les dieron trabajo a algunos jefes guerrilleros, inclusive Marulanda estuvo de inspector de carreteras por allá en el Huila. Pero las vacas gordas no duraron mucho, un año digamos, tiempo durante el cual se entregaron las guerrillas del Llano.

Ellos fueron los primeros que entregaron las armas con la perspectiva de vincularse al gobierno y porque creyeron derrotado el régimen al derrotar a Laureano Gómez. Confiaron en mal momento en que el general Rojas les cumpliría todas las cosas que les había prometido. Se ilusionaron y se entregaron. Historia triste. Porque a la larga terminaron siendo víctimas de la política militar de Rojas. Previendo ese desenlace, el partido comunista le recomendó al sector guerrillero con el que tenía más relaciones que tratara de cambiar su forma de lucha y se dedicara a la organización de las grandes masas campesinas. Y eso se logró, en gran parte como repliegue estratégico. Hasta que vino la agresión militar contra el movimiento campesino en Villarrica y comenzó una nueva etapa del movimiento guerrillero en Colombia. La verdad era que no había disminuido la presión contra el movimiento guerrillero, ni había condiciones para fortalecer la organización campesina y ni siquiera se facilitó el asentamiento, ni la consolidación de las zonas campesinas nuevas y en mejores condiciones. En absoluto. Por eso, Juan de la Cruz no entregó todas las armas. Él preveía que la cosa se iba a poner de nuevo de tal manera que se plantearía la necesidad de la resistencia armada, y entregó sólo las armas inservibles.

Resistencia campesina

En el Sur del Tolima y en el Tequendama había que formar una organización de verdadera autodefensa campesina contra la arbitrariedad y la violencia de los terratenientes. En el Tolima comenzó la resistencia armada campesina contra los atropellos de las tropas oficiales de esa época. Fue entonces surgiendo la Columna Prestes, en honor del muy prestigioso dirigente comunista brasileño, Luis Carlos Prestes, que había dirigido una columna llamada Columna Prestes, en el Brasil. Él era un militar de profesión que comandó una fuerza muy combativa durante la revolución de los coroneles, una rebelión de buena parte del ejército en los años treinta.

La Columna Prestes fue la primera organización con carácter militar que hubo en Chaparral, hija del movimiento campesino que existía en toda la zona de la cordillera que iba hasta el Huila. A medida que fueron surgiendo guerrillas liberales fue surgiendo la guerrilla comunista. Cuando vino el problema del golpe militar de Rojas Pinilla, los guerrilleros liberales, en su mayoría los jefes del Tolima se entregaron al gobierno militar. Lo mismo que sucedió con los del Llano. Se entregaron, pero lo peor fue que se convirtieron en instrumento del ejército contra la guerrilla comunista que ya comandaba Manuel Marulanda Vélez. Y hubo una especie de guerra muy desventajosa para los comunistas, que tenían que enfrentar al ejército y a los antiguos aliados suyos, los guerrilleros liberales. Eso determinó que incluso una parte de esa guerrilla comunista de Chaparral y el Sur del Tolima tuviera que retirarse y fuera a establecerse en Villarrica, donde comenzaron a colaborar con el movimiento de Sumapaz.

Charronegro fue un gran dirigente. Era un campesino sencillo y antes de que Marulanda se convirtiera en jefe indiscutible del movimiento, lo fue Charronegro, que era el jefe máximo. Charronegro fue asesinado en el Tolima, precisamente por esos antiguos guerrilleros liberales desertores, que estaban de acuerdo con el ejército. De ahí es de donde surge la jefatura, digamos, de Marulanda porque eran compañeros de lucha. Charronegro llegó a Santiago Pérez y allá le tenía montada una emboscada su antiguo colaborador Mariachi, con el ejército. Mariachi era jefe de los liberales Limpios, a diferencia de Charronegro, que era de los llamados Comunes.

Manuel Marulanda

        Manuel Marulanda no estuvo en la Conferencia de Boyacá. Estuvo, sí, Jacobo Arenas, un dirigente sindical que había participado en el alzamiento de Barranca el 9 de abril y que luego el partido comunista lo había destacado para trabajar en el río Magdalena, en las regiones cercanas a Viotá, es decir entre Girardot y Honda. Regiones que tenían influencia del movimiento sindical de los braceros.

Yo conocí a Manuel en una conferencia en el Sur del Tolima. El movimiento guerrillero se había dividido entre los Limpios, es decir liberales de orden, o de partido, y los Comunes, que habían sido atraídos por las interpretaciones que el partido comunista hacía sobre la situación nacional y sobre el movimiento campesino. Manuel Marulanda era todavía Pedro Antonio Marín.

El verdadero Manuel Marulanda Vélez no fue, como se ha dicho por ahí, un camarada que murió en la guerra civil española. Sí hubo comunistas que lucharon con las Brigadas Internacionales, como Ramón Paz, un camarada casado con una norteamericana; se sumó a la Brigada Internacional Abraham Lincoln y murió en una batalla durante el Sitio de Madrid. Hubo también otro colombiano, Juan de Dios Salgado, que participó en esa guerra. Juan de Dios era de los Salgados de Viotá. Sus abuelos eran terratenientes, e inclusive contra los abusos de ellos fue que comenzó la pelea en esa región. La primera invasión de tierras se organizó contra esa familia. La madre de Juan de Dios era francesa y el muchacho se crió en Francia, al Sur. Cuando estalló la guerra en 1936 ingresó a la Columna de Durruti, formada por obreros anarco-sindicalistas, que sitiaron a Zaragoza y después estuvieron luchando en Madrid. Cuando terminó la guerra española, Juan de Dios trabajó con la Resistencia Francesa y regresó a Colombia por allá en los cincuentas. Era un hombre muy experimentado. A pesar de eso, a fines de los sesentas estalló una bomba en su casa, la finca La Perla al norte de Bogotá, y lo acusaron de estar fabricando explosivos para la guerrilla. Estuvo en la cárcel varios años, regresó a Francia y murió en Niza no hace mucho.

El verdadero Manuel Marulanda Vélez fue un obrero antioqueño que trabajaba en la construcción en Medellín. Fue un dirigente sindical muy destacado, era un hombre muy auténtico hasta el punto de que andaba descalzo e iba a las reuniones y a los congresos sindicales de pata al suelo. Por aquellos días tuvo lugar uno de los acontecimientos más vergonzosos de nuestra historia: el envío de tropas del ejército colombiano a Corea. Laureano lo decidió para borrar la imagen de fascista y pro nazi que había adquirido durante los años triunfales de Hitler. Laureano tenía que limpiar el pecado y lo hizo con la sangre de los muchachos colombianos que fueron mandados a luchar una guerra en la que Colombia nada tenía que ver. En muchas ciudades del país hubo acciones de protesta, y en una de ellas fue cogido preso este obrero. En los calabozos del detectivismo fue torturado y permaneció desaparecido en sótanos insalubres, sin ventilación, varios meses. A consecuencia de ese tratamiento vil murió el verdadero Manuel Marulanda Vélez, de donde Pedro Antonio Marín tomó el nombre con que lo conocemos.

Yo vine a conocer a Manuel Marulanda mucho después, cuando hubo ciertas posibilidades de moverse por regiones campesinas. Más exactamente fue en una conferencia de antiguos guerrilleros del Sur del Tolima, del Huila y del Cauca. Yo asistí a ella y ahí conocí a Marulanda. Fue en el primer año del gobierno militar de Rojas. Los comunistas pensamos que era necesario reunirnos con los que habían luchado en las guerrillas del Sur del Tolima a examinar sus experiencias, ver cuáles eran sus anhelos y sus reivindicaciones. Una conferencia interesante, importante. Se concluyó que había que mantener el movimiento armado aunque no se estuviera luchando en ese momento como tal; la lucha entonces debía ser por el desarrollo de una organización campesina nacional fuerte. Ya sabíamos que se avecinaba una reacción de los latifundistas contra los campesinos en todo el país apoyados por el gobierno. Y de hecho la ofensiva fue espantosa. Triste es anotar que se utilizó a algunos ex guerrilleros liberales para atacar las organizaciones de los campesinos.

Con Marulanda tuve después varios encuentros, pero en particular durante el gobierno de Belisario Betancur, cuando éste me nombró en una comisión de verificación de los acuerdos con las Farc. Me tocó viajar mucho a la Casa Verde que llamaban. Ahí tuve ocasión de hablar muy largo con Marulanda. Yo creo que él es un gran revolucionario y un estratega militar nato. Cosa que no es de extrañar porque él es un hombre de origen campesino, aunque en el mismo momento en que se decidió por el movimiento armado guerrillero él era aserrador de profesión. No es de extrañar que surjan talentos militares de los movimientos campesinos. En México, por ejemplo, resultaron un Emiliano Zapata o un Pancho Villa. Eran campesinos y los campesinos conocen muy a fondo sus regiones y su gente. Por eso los campesinos siguen siendo la fuerza principal del movimiento guerrillero.

En particular Marulanda es un hombre muy inteligente, cuidadoso, prudente. Jacobo Arenas —que se llamaba en realidad Luis Morantes—, por su parte, era un militante del partido comunista de Bucaramanga y Barrancabermeja. Yo lo conocí en el partido cuando se resolvió su traslado a Bogotá para que formara parte del comité ejecutivo del partido comunista. Cuando comenzó la agresión militar a Villarrica, él mismo propuso ir allá a ayudarle a los campesinos. Jacobo era un gran organizador, un gran agitador y adquirió en esos temas una gran experiencia.

Las repúblicas independientes

En Villarrica el ejército concentró una gran cantidad de fuerzas y obligó a los guerrilleros a retirarse hacia el páramo de Sumapaz. Esa retirada es el origen de las Farc. En esa experiencia se formó Jacobo. Volvió a Bogotá después de lo de Villarrica y cuando se hacía inminente la agresión a Marquetalia, regresó a la guerrilla. Era un hombre muy activo, con gran fantasía, con mucha iniciativa. Su carácter era todo lo contrario al de Manuel Marulanda. Sin embargo, se convirtieron en dos colaboradores íntimos. Formaban una llave formidable, política y militar, y anduvieron juntos veinte años.

La invasión a Marquetalia fue una agresión brutal contra los campesinos. El partido comunista trató de detenerla valiéndose de aliados como el padre Camilo Torres que, como miembro de la junta directiva del Incora, ofreció en vano ir a mediar a esa región. Porque fue una agresión anunciada. Se anunciaba acabar con lo que llamaban la república independiente de Marquetalia. Ese fue el cuento de las famosas repúblicas independientes, que eran organizaciones campesinas que habían luchando en la primera etapa del movimiento guerrillero y que habían mantenido su organización armada, aunque no estaban disparando. Pero en ese momento en que había triunfado la Revolución cubana y los gobernantes de Estados Unidos se pusieron verdaderamente histéricos con este triunfo, temieron su propagación en América Latina. Entonces para Colombia los estrategas norteamericanos —consejeros permanentes desde entonces—, concibieron el famoso Plan Laso*, un plan muy detallado que determinaba la actuación del ejército combinando la acción armada con acciones que llamaron cívico-militares.

En esos días los comunistas no podíamos participar en elecciones, pero teníamos amigos en el Congreso, y con esos amigos nos movilizamos y tratamos de impedir la agresión a Marquetalia. Jacobo fue enviado allí por el partido. Había que explicarles a los campesinos que iban a ser objeto de una agresión y de eso se encargó Luis Morantes. Era un hombre muy valioso, se enamoró de la lucha armada y allá se quedó. Él no volvió por Bogotá.

En Marquetalia preveían el bombardeo y planearon las posibles respuestas. La retirada estaba muy bien pensada. Salieron primero para las regiones de Guayabero y El Pato y después se dirigieron hacia La Uribe. En ese entonces se organizaron como Farc y se consolidaron como movimiento armado. Era una guerrilla más compacta que las de antes. El partido comunista se limitó a las orientaciones políticas. El partido entendió claramente desde el comienzo que no podía pretender dirigir el movimiento guerrillero, que eso era imposible desde Bogotá, y que debía promoverse la formación de una dirección guerrillera propia. Y así fue. Se fue formando como movimiento autónomo, con su Estado Mayor y su secretariado. Había relaciones con el partido comunista, pero no dirección por parte del partido.

El triunfo de la Revolución cubana entusiasmó al partido. Consideramos que era un acontecimiento histórico de enorme trascendencia y ya desde 1960 comenzamos relaciones directas con los dirigentes cubanos. Con Fidel, Raúl Castro, con el Che. El Che tenía una personalidad muy especial. Era un hombre muy reconcentrado, muy capaz, pero se había enamorado de la lucha armada y ya no se encontraba cómodo en la construcción de una nueva sociedad en Cuba. Entonces resolvió que iba a continuar la lucha armada en otros países. Lo intentó en África y luego en Bolivia con los resultados trágicos que conocemos.

El partido les dio a los movimientos armados la importancia que merecían y planteó abiertamente sus puntos de vista. A mí me tocó exponerlos en la Cámara de representantes. Recuerdo los debates con el ministro de Defensa de esa época, general Landazábal que en paz descanse. Era la época de Belisario Betancur y se estaba buscando un acuerdo de paz con las Farc. Entonces yo sostuve abiertamente en el Congreso que no se podía llegar a acuerdos de paz exigiéndole a los guerrilleros la entrega de armas. Dije con claridad que los guerrilleros no iban a entregar las armas después de las experiencias que había de los Llanos y otras regiones. El general Landazábal se exasperó y me dijo: "Bueno, que no entreguen las armas pero que por lo menos no las usen." Sobre eso yo sí creía que era posible un acuerdo en ese momento. Pero otras circunstancias lo impidieron.

Los movimientos guerrilleros de hoy

Es importante explicar hoy por qué algunos movimientos guerrilleros como las Farc han logrado mantenerse y fortalecerse y por qué otros movimientos han desaparecido e incluso se han rendido, ya sea mediante la entrega de armas como el movimiento del Llano, o bien por medio de la negociación como pasó con el M-19 y el EPL. Para mí todo ha dependido del apoyo real que han obtenido los movimientos guerrilleros de la población civil y en particular del campesinado. Hubo un período en que por la fiebre, por el entusiasmo de la Revolución cubana, intentaron formar muchas guerrillas en Colombia. Exceptuando al ELN, que tenía raíces en el movimiento de Rafael Rangel y en las luchas de los obreros petroleros, esos intentos condujeron a la derrota, al desastre y a la muerte de sus organizadores. Es el caso del médico Tulio Bayer en los Llanos, que intentó formar una guerrilla en Arauca, y trató de conseguir el apoyo de antiguos guerrilleros como Rosendo Colmenares, pero le fue muy mal. El general Valencia Tovar dice en sus escritos que él acabó con la guerrilla de Bayer sin disparar un solo tiro. No sé si será exagerado, pero el hecho es que la acabó. Y como esa, hubo muchas guerrillas que intentaron surgir y no pudieron mantenerse. La única explicación para mí es que no lograron el apoyo del pueblo, de la base campesina. De otra manera no se puede entender.

El M-19 comenzó siendo una guerrilla de influencia urbana, pero para poder operar militarmente le tocó buscar el campo e intentó volverse una guerrilla rural. Pero tampoco le fue bien. Hay que reconocer que Bateman era un gran dirigente, un compañero dueño de una gran imaginación e iniciativa. Bajo su dirigencia el eme tuvo éxitos propagandísticos memorables, pero no les fue bien, y finalmente tuvieron que negociar porque la situación se hizo insostenible.

Especialmente después de la muerte de Bateman el movimiento entró barrena. Pero, en muy buena medida el fortalecimiento de la guerrilla depende más de las bases que de los dirigentes, aunque los dirigentes sean necesarios para que las bases encuentren su camino. Es el caso de Marulanda y de Jacobo. Es la vieja polémica del papel del individuo en la historia. La personalidad de los dirigentes influye indudablemente. En un acontecimiento como la desintegración de la Unión Soviética, hay que convenir que Gorbachov no era un dirigente capaz y que le faltó carácter. De otro lado, hay que ver el papel enorme que ha jugado la personalidad de Fidel Castro en Cuba. Si llegara Castro a someterse a la exigencia de los Estados Unidos de realizar unas elecciones libres en la isla de Cuba —no en Miami— Fidel ganaría las elecciones. Esa es la verdad. Es que tiene una personalidad férrea. Bolívar también lo fue en su época. Tenía una personalidad intransigente que jugó un papel determinante en el rumbo de América. Hay personas que con su carisma juegan papeles definitivos.

En el caso de las Farc creo que no se debe temer que Marulanda muera porque ha logrado imponer un rumbo y consolidar el movimiento guerrillero bajo una dirección basada en una relación sólida con las bases campesinas. Marulanda y Jacobo le dieron una organización coherente a las Farc, una coherencia que ha hecho escuela. Una de las actividades de Marulanda, que no es muy conocida, es la de profesor de la Escuela Nacional de Cuadros de las Farc, formando centenares de cuadros y de dirigentes lo suficientemente capaces de persistir en la lucha. La muerte de Marulanda no va ocasionar una catástrofe. No va a pasar lo que le pasó al M-19 con la muerte de Bateman. Igual que no afectó al ELN la muerte del cura Manuel Pérez, que fue un comandante y un ser humano leal a su causa. El ELN ha demostrado tener bases y es fuerte. Sin embargo, tengo que decir que yo no estuve de acuerdo con la concepción que tenía el ELN. Tuvimos diferencias muy serias y con Fabio Vásquez nunca hubo acercamiento de ningún tipo. El ELN tenía una posición prepotente y sectaria frente al partido comunista. El ELN se creía el depositario de la verdad revolucionaria y se arrogaba el derecho de ser el único movimiento que haría la revolución en Colombia, y así no era posible tener buenas relaciones.

Con las Farc he mantenido relaciones cordiales, pero también siempre he tenido reservas. Yo no he compartido algunos de los métodos del movimiento guerrillero. No es el caso de ponerme a detallarlos, pero no he estado de acuerdo con la llamada expansión —otros dicen, irónicamente, democratización— del secuestro. Ni he estado ni estoy de acuerdo. Esa es nuestra diferencia fundamental. Las Farc y el ELN surgieron sin necesidad del secuestro. El secuestro lo vino a institucionalizar el M-19. El M-19 se dedicó al secuestro y obtuvo, según ellos, muchos éxitos, financieros sobre todo y aún políticos. Eso contagió a otros movimientos guerrilleros. Supongo que dijeron: "Si el M-19 ha tenido tantos éxitos, ¿por qué no hacemos algo parecido?" Ese fue el origen del problema.

Sobre las posibilidades de paz con el movimiento guerrillero y en especial con las Farc en la coyuntura de las actuales negociaciones con el presidente Pastrana, soy bastante escéptico. Pero me parece muy positivo que se mantenga un diálogo de los gobernantes del Estado con la guerrilla. Tal vez en unos cuantos años las conversaciones puedan conducir a una negociación política concertada. Pero por ahora va a ser muy difícil, si no imposible.

Hay dos poderosas razones. Primero porque en las Fuerzas Armadas hay un sector militarista muy agresivo que no cree sino en la guerra y por eso está interesado en la ayuda de los Estados Unidos. Segundo, en el gobierno hay dos tendencias: una quiere que se mantenga el diálogo y otra lo quiere romper. Es la que presiona para que se acabe la zona de distensión acordada para las negociaciones. En el gobierno hay una división muy seria. Pero por otro lado me parece que la guerrilla no tiene mucho afán de adelantar las negociaciones, aún si quiere mantener el diálogo y ver qué se logra por ese camino. No es su principal objetivo. Prefiere continuar la lucha por el restablecimiento de las instituciones democráticas en Colombia y el cese de la terrible represión del Estado contra el pueblo en general, como se lo propuso desde esa Primera conferencia nacional guerrillera.

* Plan Laso: siglas en inglés de Latin American Security Operation (N. de E.)