Nota Aclaratoria: A la redacción de Anncol, ha llegado el archivo del libro inédito titulado “Gilberto Viera: Memoria a muchas manos” Colciencias-Corpos. Bogotá.2002. Mimeo. Protegido por derechos de Autor y de publicación NO autorizada.

La redacción de Anncol ha leído los 13 capítulos y sus anexos que contienen una serie de entrevistas hechas al dirigente comunista Gilberto Viera entre 1997 y el año 1999 por varios y reconocidos autores e investigadores colombianos, que conforman la estructura del libro y,  considera que este es un documento de Memoria Histórica de Colombia que puede y debe ser conocido por el pueblo colombiano y, por todos aquellos que deseen conocer e investigar nuestra historia y el papel jugado por el partido comunista colombiano, a través de la versión directa de quien fuera durante muchos años su máximo dirigente.

Anncol publicará en entrega semanal cada uno de los capítulos que considere superan la anécdota familiar y hagan algún aporte o arrojen luz a los hechos históricos relatados.

Anncol insiste en que es un libro inédito, protegido y de publicación no autorizada que exige la responsabilidad correspondiente a quien los utilice.   

 

Capítulo 3. Los años de la guerra:

Aliado de los Aliados

Por Silvia Galvis

En agosto de 1938 se posesionó como presidente de la República Eduardo Santos Montejo, conspicuo representante del ala moderada del partido liberal. Había sido elegido sin contendor conservador, porque este partido sostenía que era imposible un escrutinio limpio y porque creía que, a falta de candidato conservador, crecerían las disputas internas entre los liberales.

No fue así, pues Santos captó tanto el voto de la derecha liberal como el de sus tradicionales opositores. Con ese aval político que congregaba a terratenientes, empresarios, oligarquía y jerarquía católica, su administración puso pronto el freno al tren de la “Revolución en marcha” impulsado e inspirado por su antecesor Alfonso López Pumarejo, por lo cual el cuatrienio 1938-1942 se conoció en la historia como el gobierno de la “gran pausa”. Con Santos, el país no conoció iniciativas sociales importantes, si bien estimuló la creación de algunas industrias —como Icollantas— para suplir la escasez de mercancías importadas, causada por la guerra. Y si no tomó medidas específicas para contrarrestar las reformas económicas, laborales, constitucionales y sociales del presidente López, tampoco las impulsó. Sin embargo, durante su cuatrienio el país vivió en paz y solamente se presentaron aislados incidentes de alteración del orden público.

Además de director propietario del diario El Tiempo, Eduardo Santos era un hombre cultivado que admiraba a Francia y su cultura y le gustaba pasar largas temporadas en París. Pero si era abiertamente francófilo no fue desbordadamente pro norteamericano, al menos no en la medida en que lo fue su antecesor Enrique Olaya Herrera.

Sí, el presidente Santos no era un pro yanqui fervoroso, pero eso no impidió que desde los inicios de su mandato acordara con los Estados Unidos la presencia de las primeras misiones militares norteamericanas en Colombia, quebrando así, definitivamente, una larga tradición de presencia militar de países europeos. A principios de 1939 cesó sus operaciones la misión naval británica y fue reemplazada por otra a cargo de oficiales norteamericanos, invitados por Santos con el propósito de modernizar las fuerzas armadas nacionales. Esta cooperación se extendió luego a una misión aérea norteamericana. Desde ese momento, todos los gobiernos colombianos subsiguientes, hasta la actualidad, han mantenido programas militares bilaterales con los Estados Unidos.

Fue también el presidente Santos quien propuso, desde los inicios de su gobierno, que Colombia y los Estados Unidos estuvieran representados mutuamente por embajadores, pues hasta entonces solamente existían legaciones en ambas capitales al mando de ministros plenipotenciarios. Miguel López Pumarejo fue el primer embajador de Colombia ante la Casa Blanca, en tanto que Spruille Braden ejerció como primer embajador de los Estados Unidos en Colombia, donde sus actuaciones dejaron huellas notorias: no sólo porque hablaba bien el español, sino porque intervino activamente en asuntos internos derivados de la Segunda Guerra Mundial.

Aún desde antes de su ingreso a la guerra el siete de diciembre de 1941 con ocasión del ataque a Pearl Harbor[i], los Estados Unidos se interesaron manifiestamente en los planes de defensa del hemisferio americano y celebraron pactos de asistencia militar y económica con las naciones suramericanas e impusieron o intentaron imponer medidas de control continentales. Una de ellas, tal vez la más controvertida y en la que jugó papel destacado el embajador Braden, fue la Lista Proclamada o Lista Negra[ii], expedida el 17 de julio de 1941, contra todos los residentes originarios de Italia y Alemania y sus simpatizantes y que, después del ataque japonés a Pearl Harbor, cobijó también a la colonia japonesa.

El ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Luis López de Mesa, realizó una gira por países del Sur para intentar limitar los efectos de la Lista Negra, pero su esfuerzo no fructificó y este instrumento de presión terminó por imponerse, logrando su cometido de neutralizar y desarticular la influencia comercial, económica e individual sobre todo de la comunidad alemana, entonces la colonia más numerosa e influyente en el país. Como complemento a las medidas restrictivas de la guerra y por insistencia del Departamento de Estado estadounidense, el gobierno prohibió a los alemanes, italianos y japoneses la residencia en las zonas costeras, ordenó la reclusión forzosa de algunos de ellos en lugares como Fusagasugá y Cachipay y puso en manos del Fondo de Estabilización del Banco de la República, organismo creado para el efecto, la administración de los bienes de los ciudadanos del Eje.

El objetivo de la Lista Negra era impedir la participación de personas y empresas de los Estados Unidos en transacciones comerciales con personas o empresas que, según el Departamento de Estado por boca del señor Braden, eran contrarias a las políticas de defensa hemisférica. Como el comercio de importación y de exportación entre América Latina y Europa estaba sometido a las restricciones propias de un conflicto bélico, en la práctica las únicas posibilidades comerciales estaban limitadas a las importaciones de los Estados Unidos. Quienes estaban incluidos en la Lista Negra no podían importar mercaderías desde los Estados Unidos ni realizar ninguna transacción con firmas norteamericanas, lo cual conducía al aislamiento económico y a la ruina material. Al “caer” en la Lista, las personas y las firmas perdían la posibilidad de trabajar o de realizar actividades de comercio. Y las empresas colombianas que no estaban en la Lista debían abstenerse de realizar negocios con quienes sí figuraban en ella para no correr el riesgo de ser incluidos y de sufrir las consabidas consecuencias. Adicionalmente, en la Lista Proclamada figuraron personas que, sin tener actividades comerciales, eran consideradas elementos peligrosos para la seguridad hemisférica. Con el fin de asegurar la eficacia de la medida se permitió la presencia de agentes del Federal Bureau of Investigation, FBI, que se movían de manera secreta, pero con entera libertad por el territorio nacional en labores de investigación y seguimiento de sospechosos de espionaje o de ser simpatizantes del nazismo.

Pero no sólo accedió Santos a la imposición de la Lista Proclamada y a la presencia de los agentes del FBI que informaban detalladamente sobre sus indagaciones a su director Edgar Hoover; también, y aunque con mayores titubeos, el presidente aceptó los pactos secretos que exigieron los Estados Unidos. Según estos acuerdos, que no fueron conocidos por el Congreso ni por la prensa en su momento, Santos autorizó a las fuerzas militares norteamericanas para que, llegado el caso, pudieran ingresar a territorio colombiano por aire, mar o tierra, cuando el Departamento de Defensa de los Estados Unidos considerara que existía un peligro para el Canal de Panamá o una amenaza para la seguridad continental. Constancia escrita de esos pactos quedó en comunicaciones cruzadas entre Henry L. Stimson, secretario de Guerra de los Estados Unidos, y Cordell Hull, secretario de Estado, en las cuales se aclaró que el acuerdo era un pacto de caballeros y que no quedaba ningún documento oficial firmado porque el presidente Santos prefería evitarse un eventual escándalo si el acuerdo se llegara a conocer.

Tampoco se supo en su momento la posición radicalmente antisemita que, a nombre del gobierno colombiano, asumió el ministro de Relaciones Exteriores, López de Mesa. En reiteradas instrucciones a los representantes consulares colombianos en Europa, el canciller se opuso a la expedición de visas que permitieran el ingreso a Colombia a lo que él denominaba "elementos judíos", sin diferencias de origen o de nacionalidad. Por esa razón, muy pocos judíos de los que acudieron a los consulados de Colombia en Alemania tratando de obtener una visa que les permitiera salvar la vida pudieron encontrar refugio en este país. Para López de Mesa, los judíos eran personas de “dudosa moralidad” y constituían “una minoría inconveniente para la nacionalidad”. El gobierno de Santos, por decreto, prohibió también la expedición de visas a personas que hubieran perdido su nacionalidad de origen, como era el caso de los judíos alemanes que la habían perdido por edicto del Tercer Reich[iii].

Finalizado el cuatrienio de Santos, Alfonso López Pumarejo presentó, otra vez, su nombre como candidato del liberalismo reformista para el cuatrienio 1942-1946. Obtuvo 673 mil votos, es decir, 200 mil más que Carlos Arango Vélez, el otro candidato liberal que contaba con el favor de los conservadores. Pese a las grandes expectativas que había creado su reelección, López no pudo impulsar con el mismo ímpetu los programas de la “Revolución en marcha” de su primer gobierno. Por lo demás, la guerra mundial y sus repercusiones en Colombia no ofrecían las condiciones propicias para hacerlo.

En el plano internacional, el presidente López continuó la política de colaboración militar iniciada con Santos. A mediados de 1942 Colombia declaró el “estado de beligerancia” frente a Alemania con ocasión del hundimiento de la goleta colombiana Resolute, en aguas cercanas a la isla de San Andrés. El gobierno atribuyó el hundimiento a un submarino alemán, aunque los conservadores, por iniciativa de Laureano Gómez, pusieron en duda la versión oficial e insinuaron que era un montaje de los Estados Unidos para indisponer a Colombia contra el Eje. Documentos conocidos después del final de la guerra sustentan la veracidad de la versión oficial, pues de acuerdo con el cuaderno de bitácora del submarino U-172, fueron las armas de este navío las que atacaron la goleta el 23 de junio de 1942. El “estado de beligerancia” fue una fórmula sui géneris adoptada por Colombia, que se apartó de las determinaciones de guerra aprobadas por la mayoría de los demás países latinoamericanos.

Antes de su posesión de la presidencia, altos funcionarios norteamericanos insistieron ante López para que ratificara la vigencia de los pactos secretos celebrados verbalmente con Santos y que permitían a las fuerzas militares norteamericanas el ingreso discrecional a territorio colombiano sin necesidad de autorización previa. López respondió que, una vez posesionado, buscaría reservadamente el visto bueno de algunos senadores para que no pesara exclusivamente sobre sus hombros la decisión que se le pedía. Sin embargo, el Senado nunca conoció los acuerdos ni pública ni privadamente; por el contrario, López informó a la Comisión de Relaciones Exteriores que los Estados Unidos no le habían hecho ninguna solicitud ni le habían sugerido medida alguna. El presidente López y Darío Echandía, su ministro de Gobierno, se limitaron a pedir al gobierno de los Estados Unidos que la solicitud escrita para autorizar el ingreso de las tropas norteamericanas a Colombia se refiriera únicamente a las fuerzas aéreas y navales pues así, según el gobierno, no se requería el permiso del Senado ya que la Constitución hablaba de ese permiso solamente en el caso de tránsito de tropas extranjeras, sin mencionar específicamente la marina ni la aviación.

Aun desconociendo la existencia de estos acuerdos secretos, Laureano Gómez enfiló sus baterías contra López Pumarejo, acusando a su gobierno de entregar la política internacional a los Estados Unidos. Desde El Siglo, Gómez combatió a los Estados Unidos como enemigo del hispanismo y en muchas ocasiones manifestó sus debilidades germanófilas y sus simpatías pro franquistas y fue huésped frecuente de la embajada alemana en Bogotá. No obstante, y sin que se conozca explicación alguna, ni Laureano Gómez ni El Siglo fueron jamás incluidos en la Lista Negra.

Gómez fue el vocero aguerrido y locuaz de todas las fuerzas contrarias a López Pumarejo: la oligarquía, los terratenientes, los industriales, la Iglesia y algunos liberales jóvenes. Gómez y El Siglo atacaron a la persona del presidente y, sobre todo, la conducta de su hijo, Alfonso López Michelsen. Aunque Laureano Gómez exageró y hasta fabricó muchos ataques contra el gobierno, algunas acusaciones insidiosas suyas tuvieron fundamento. Particularmente las negociaciones que realizó o en las que por lo menos intervino López Michelsen, como fue el caso de las acciones de la Handel, una empresa holandesa socia mayoritaria de Bavaria cuyas transacciones suscitaron en el Senado uno de los debates más candentes de la época contra el presidente y su familia. Los debates fueron impulsados por el escritor y entonces parlamentario liberal, Enrique Caballero Escovar. Otro suceso explotado por El Siglo y su director fue el de la Trilladora del Tolima, empresa procesadora de café, colocada en la Lista Negra y de la cual era accionista López Michelsen en compañía de los ciudadanos alemanes Hans von Mellenthin y Hans Klotz. López Michelsen intentó infructuosamente hacer que la trilladora fuera retirada de la Lista Negra y finalmente la adquirió, produciendo así otro escándalo que tocó directamente al presidente puesto que, según las disposiciones colombianas para controlar los bienes de los ciudadanos del Eje, las acciones de la trilladora deberían haber pasado, en administración fiduciaria, al gobierno nacional.

Varios intentos de golpe de inspiración nazi fascista fracasaron, pero si Laureano Gómez no reparó en los métodos para atacar a López, el propio partido liberal tampoco brilló por el apoyo al régimen. Por el contrario, la renuncia del ex presidente Santos al Directorio Liberal Nacional fue el hecho que marcó la caída de Alfonso López Pumarejo. Sin directivas liberales que lo sostuvieran y acosado por los intentos de golpe del laureanismo y las acusaciones de corrupción de El Siglo, el presidente se quedó solo y renunció al cargo ante el Congreso el tres de agosto de 1945. En mayo de ese mismo año, Alemania había capitulado ante las fuerzas aliadas.

Dentro de este marco histórico político se movieron en los años de la guerra (1939-1945) el partido comunista y Gilberto Vieira, por entonces representante a la Cámara en nombre del partido. La entrevista que sigue tuvo lugar en el mes de julio de 1997:

 

SG ¿Cómo fueron las relaciones entre los comunistas y el gobierno de Eduardo Santos?

 GV “El partido comunista no apoyó la elección de Eduardo Santos, pese a que el entonces secretario general, Ignacio Torres Giraldo, sostenía que había que votar por el candidato liberal. Sin embargo, la mayoría del partido dijo que no, que Santos no tenía contendor —pues no hubo candidato conservador en esas elecciones— y sí antecedentes políticos muy poco deseables para nosotros. El doctor Santos era un hombre muy cauteloso en lo que hablaba, y hay que reconocer que era un hombre muy culto. Nosotros tuvimos una conversación con él antes de la elección; le dijimos que el problema, además de los conservadores, era la derecha liberal. Nos garantizó que se iba a enfrentar a esa derecha liberal, pero no debió hacerlo, porque él se apoyaba en ella.

“Al principio los comunistas, contagiados del anticlericalismo liberal radical, pensábamos que el clero era nuestro peor enemigo. De hecho, las jerarquías católicas nos atacaban en las iglesias predicando contra el comunismo ateo, y la mayoría de los curas echaban sus sermones contra los rojos comunistas. Nosotros no contestábamos porque muy pronto nos dimos cuenta de que ése no era nuestro real enemigo, que nuestro verdadero enemigo era la oligarquía terrateniente y financiera siempre apoyada por los Estados Unidos. Claro que la jerarquía católica nos minó fuerzas porque dividió el movimiento sindical al fundar la Unión de Trabajadores de Colombia, UTC, un acuerdo entre los empresarios, los patronos y los curas.

“El gobierno de Santos, según mi criterio y el criterio de muchos, fue un retroceso muy grave con respecto a la primera administración de López Pumarejo. Eso lo resentimos muy especialmente los comunistas, porque la verdad es que durante el primer gobierno de López —y también el segundo—, tuvimos realmente garantías. Santos, por el contrario, fue muy permisivo con sus colaboradores, como el gobernador de Cundinamarca, Antonio María Pradilla, a quien Santos toleró atropellos políticos inauditos contra los comunistas. Por ejemplo, el caso de Viotá. Allí los comunistas éramos mayoría y teníamos funcionarios en el municipio, como el personero, que se llamaba Marco A. Castaño. Los campesinos ya habían hecho la conquista de la tierra, prácticamente una reforma agraria y eso llevó a muchos enfrentamientos; enfrentamientos que venían de tiempo atrás como que ya, en 1930, el partido comunista había llevado a los campesinos a que suspendieran el pago de obligaciones a los grandes terratenientes por el arriendo de la tierra. Para que se defendieran, les habíamos organizado la resistencia contra los ataques de la policía. El personero, que era comunista, intervino a favor de los campesinos y entonces el gobernador Pradilla, un aristócrata bogotano, tranquilamente autorizó a su secretario de Gobierno para que desterrara a Castaño del municipio de Viotá y así lo hizo. Eso da una idea de la intolerancia del gobierno de Santos hacia los comunistas. Pese a todo, con el tiempo, la resistencia de los campesinos hizo que los latifundistas de la zona les ofrecieran en venta la tierra a precios razonables. El resentimiento de estos terratenientes, por supuesto, quedó flotando y estalló contra López Pumarejo en su segunda administración.

“Porque, es la verdad, el tratamiento de los problemas de la tenencia de la tierra fue uno de los grandes contrastes entre el gobierno de Santos y la primera administración López. Esta llevó a cabo cambios profundos, reformas sociales, económicas, constitucionales, muy importantes que provocaron una reacción terrible por parte de los conservadores dirigidos por Laureano Gómez y por la derecha liberal de Eduardo Santos, en cuyo gobierno los latifundistas encontraron apoyo, si no abierto, sí tolerante.

“En ese tiempo yo era representante a la Cámara por el partido comunista y miembro de la dirección del partido. Fui parlamentario desde 1936 y durante 22 años, en distintos períodos.

“Durante el mandato de Eduardo Santos también tuvimos muchos enfrentamientos con él en el campo laboral. El gobierno se propuso dividir el movimiento sindical encarnado en la Confederación de Trabajadores de Colombia, CTC[iv], la central sindical creada durante López Pumarejo con el apoyo del gobierno, porque López apoyó abiertamente el movimiento sindical y le dio plena garantía. Santos tuvo éxito en la división de la central obrera y logró debilitar el movimiento.

“Laureano Gómez no fue tan beligerante con el gobierno de Santos como lo fue en el del presidente López Pumarejo. El único problema que tuvieron los conservadores durante el cuatrienio de Eduardo Santos fue una masacre en Gachetá, durante una manifestación conservadora. Laureano explotó mucho ese incidente, pero jamás atacó a Santos como atacó a López.

          “No digo que durante el gobierno de la “gran pausa”, que fue como llamaron a la administración Santos, a los comunistas nos persiguieran abiertamente o que nos mandaran a la cárcel, pero nos golpeaban políticamente donde quiera que el partido comunista alcanzaba alguna influencia. Hubo también fraude electoral y le doy un ejemplo: yo había sido elegido representante a la Cámara por primera vez durante López Pumarejo, y en la época de Santos se terminó el período, entonces, mis compañeros me volvieron a lanzar de candidato. Ahí hubo toda clase de fraudes para impedir que yo volviera a la Cámara y lo lograron, al punto de que en ese período perdimos toda representación parlamentaria. En ese momento, comienzos de la formación del partido, éramos unos cinco mil militantes, esa es la verdad; pero el partido se estaba desarrollando, sobre todo, en las zonas agrarias del Tolima, del Huila, de Cundinamarca y había ganado algún terreno en las ciudades, entre la clase obrera. No éramos sino cinco mil, pero nos tenían miedo porque estábamos creciendo. Nos acusaban de ser financiados por Moscú y a eso respondíamos nosotros muy duramente, demostrando que no era cierto, que los que estaban al servicio de potencias extranjeras eran otros.

“Enrique Santos Montejo, ‘Calibán’, el hermano del presidente era un tipo muy reaccionario. Sólo había que leer su columna, La danza de las horas, para darse cuenta del anticomunismo que profesaba. Dedicó muchas columnas a atacar a los comunistas y como era un periodista muy ágil, tenía una gran audiencia. Solamente una vez hablé con él, en un banquete que organizó la colonia judía durante la guerra. Con el único Santos con quien he sido como amigo es Hernando, que tenía sus devaneos izquierdistas y llegó hasta a ayudarnos en alguna cosa. Por eso El Tiempo no se ha portado tan mal conmigo, por influencia de Hernando. En cambio, Enrique Santos Castillo siempre ha sido un reaccionario, un anticomunista feroz. Toda la vida. Por eso debe ser que El Tiempo ha sido un terrible enemigo del partido, un desinformador espantoso en todos los períodos. En épocas de persecución, de violencia, de choques armados, El Tiempo siempre se ha basado en los informes de inteligencia militar, jamás publica otra versión. Con el paso de los años, los ataques contra el partido comunista se han venido moderando.

“Por el contrario, El Espectador siempre ha representado una tendencia democrática. Inclusive, hizo parte de la campaña para que me dejaran en libertad la última vez que estuve preso en el gobierno del señor Lleras Restrepo. Me tuvo preso durante 50 días y el propósito del gobierno era mandarnos deportados a Orocué. Pero ocurrió que en ese momento todavía existía el MRL, que era aliado de los comunistas contra el sistema del Frente Nacional, y mediante un debate en el Congreso los del MRL lograron detener el viaje a Orocué. Entonces, ocurrió una anécdota hasta interesante: cuando los del MRL fueron a donde Germán Zea, ministro de Gobierno de esa época, a reclamarle por la decisión de mandar a los comunistas a Orocué, Zea les contestó: ‘¡Cómo! ¿Y es que no están ya allá?’ Desde entonces no me han vuelto a meter preso. Por lo menos eso. Pero, lo más terrible de esos hostigamientos eran los allanamientos, porque los policías perseguían con una saña espantosa los libros. Llegaban a la casa de un comunista y lo primero que se llevaban era los libros y los arrojaban al Salto del Tequendama. Así fuimos perdiendo bibliotecas, y los libros que no se llevaba la policía, nosotros también salíamos de ellos porque resultaban incriminatorios, eran un cuerpo de delito.

“Sin embargo, los comunistas encontramos que la política internacional del presidente Santos era correcta. Eso lo anotamos en el apoyo que Santos dio a la República Española cuando vino el levantamiento de Franco y los militares, abiertamente apoyados por Hitler y Mussolini, ayudados indirectamente por la gran farsa de la no intervención de las potencias occidentales, Inglaterra y Francia, que bloquearon a España en materia de adquisición de armamento. Digo gran farsa, porque Inglaterra y Francia insistían en la no intervención cuando Hitler ya había mandado la Legión Cóndor y Mussolini sus ejércitos para que combatieran contra la República, con los resultados que ya conocemos. Es que el presidente Santos era más “republicano” en política exterior que interior. Así entendía él la democracia, más para afuera que para adentro y parece que esa doctrina hizo carrera, con muy pocas excepciones.

“Cuando estalló la guerra, el gobierno de Santos produjo su declaración: ‘Colombia no es beligerante pero no es indiferente’. Y ahí está pintado Santos, aunque, al parecer, eso de no tomar posiciones definidas es una tradición de este país. Lo digo porque Colombia tampoco adoptó una posición clara cuando, en 1942, bajo López Pumarejo, un submarino alemán hundió una goleta colombiana; entonces, el presidente encargado, Darío Echandía —López estaba en los Estados Unidos— declaró el “estado de beligerancia” contra Alemania. Igual ocurrió en la Primera Guerra Mundial: no hubo una posición clara ni definida de parte de Colombia. Con la Guerra Civil Española fue lo mismo: el apoyo del gobierno colombiano a la República Española fue más bien literario; nosotros, en cambio, pedíamos una ayuda efectiva. En ese sentido hablamos varias veces con Santos, pero no hubo ninguna otra declaración distinta a la de que él y su gobierno simpatizaban con la causa de la República y, de hecho, les ofreció asilo a varios profesores, intelectuales españoles. Cuando triunfó Franco, los comunistas españoles nos pidieron que habláramos aquí para que Colombia demorara un poco el reconocimiento de Franco. Esa solicitud la hicieron ellos a varios países con el objeto de ganar tiempo para salvar a algunos dirigentes republicanos. Le hicimos la petición a Santos y él demoró el reconocimiento como dos semanas”.

SG ¿Recuerda la Lista Negra? ¿Se aplicó esta medida de control contra los comunistas?

GV “La Lista Negra fue impuesta por los Estados Unidos a todas las naciones americanas como medio de control contra la influencia nazi fascista. En materia internacional, como ya dije, el partido comunista encontró apropiada la posición del gobierno colombiano de colaborar con la defensa del hemisferio propuesta por los norteamericanos. Nosotros aportamos activamente. En 1943, por ejemplo, yo hice un debate en la Cámara que fue muy famoso, entre otras cosas porque duró mucho tiempo. En ese debate hice denuncias muy graves y muy documentadas contra la Quinta Columna, que era el nazismo, el fascismo y el franquismo activos en el país. Di mucho dato concreto sobre el jefe del espionaje nazi en Colombia, Heriberto Schwartau, nazi confeso nacido en Barranquilla. Este individuo tenía de defensores a Fernando Londoño y Londoño y a Gilberto Alzate Avendaño. Nosotros estábamos de acuerdo en que deportaran a Schwartau a los Estados Unidos, que lo estaba pidiendo. Recuerdo que, para forzarme a cambiar de opinión, Alzate me llamó aparte y me dijo: ‘Mira, Gilberto, si le hacen eso a Schwartau, después te lo van a hacer a ti, te entregan a los yanquis’. Yo era amigo de Alzate desde la infancia, en Manizales, donde vivió mi familia una época, en una casa vecina a la del general Alzate y me hice amigo de todos los Alzate Avendaño. Por eso debió ser que me buscó, para conmoverme y hacer que no siguiera adelante con las denuncias contra los nazis y la Quinta Columna. Yo le dije que mi denuncia estaba basada en documentos: ‘ahora, que, si ustedes pueden derrotarme con sus argumentos, háganlo’, le contesté. Pero no pudieron.

“Yo no sé por qué a Laureano Gómez no lo incluyeron en esa Lista Negra de los norteamericanos, si sus simpatías nazis eran ampliamente conocidas. Pienso que los norteamericanos creían que Laureano iba a ser el siguiente presidente de Colombia y no querían romper con él. De hecho, cuando Laureano fue presidente hizo las mayores concesiones a los Estados Unidos, como que Colombia fue el único país latinoamericano que envió tropas a combatir a Corea. Fue un acto un poco simbólico para la realidad de la guerra, pero les servía mucho políticamente a los Estados Unidos porque ellos querían hacer aparecer la guerra contra Corea del Norte como una guerra de la ONU, cuando en realidad era de los norteamericanos. La presencia de la tropa colombiana les ayudaba a cubrirse, a hacer creer que se trataba de un ejército internacional. Eso lo hizo Laureano para ganar méritos frente a los Estados Unidos, porque él sabía que ellos lo miraban con mucho recelo”.

 SG ¿Y con López Pumarejo? ¿Cómo le fue a usted y al partido con el presidente López Pumarejo? ¿Cómo fueron esos años?

GV     “Durante sus dos gestiones, nosotros apoyamos a Alfonso López Pumarejo y mantuvimos una excelente relación con él, pero nunca aceptamos cargos en sus gobiernos. Íbamos a hablar con él, lo criticábamos y lo apoyábamos. Era un verdadero demócrata, eso lo podemos decir los comunistas. Los gobiernos de López fueron las únicas épocas en que hemos tenido garantías, en ninguno otro, es la verdad. En lo personal siempre mantuvimos una relación muy cordial, de gran respeto mutuo.

          “Nosotros participamos abiertamente en la segunda elección de López Pumarejo. A pesar de los escándalos de su hijo, pensábamos que había hecho una presidencia buena, progresista, aunque le tocaron las consecuencias económicas de la Segunda Guerra Mundial, que le plantearon problemas muy graves. La escasez de llantas, por ejemplo, le causó varias huelgas, que fueron apoyadas por los conservadores. La derecha liberal y los conservadores fanáticos lo acorralaron oponiéndose a toda iniciativa de reforma, de manera que lo único que pudo hacer en su segundo período fue procurar que la legislación laboral avanzara, aunque la verdad es que las conquistas de la clase obrera en materia de prestaciones sociales se habían alcanzado en su primera administración.

          “En su segundo período, López no siguió insistiendo en el problema de la tierra porque, sobre todo en ese aspecto, la derecha liberal, los terratenientes, lo acosaron terriblemente. El proyecto de reforma agraria los enfureció y López tuvo que abandonar el programa social de la tierra. Nosotros lo apoyábamos porque nos parecía que toda reforma que beneficiara al pueblo colombiano no era contradictoria con los objetivos lejanos de la revolución comunista. De hecho, en las épocas del enorme sarampión ideológico que provocó la revolución cubana, a los comunistas nos llamaron ‘reformistas’. Y nos llamaron así porque nosotros apoyábamos toda reforma favorable al pueblo. Considerábamos que los amigos de extrema izquierda se hacían ilusiones al creer que la revolución iba a triunfar ya en toda América, en todo el mundo, siguiendo el triunfo de la revolución china. Eramos más realistas, pensábamos que hacia allá íbamos, pero lentamente. Considerábamos que las reformas eran importantes para el pueblo y que el pueblo se educa con la experiencia de las reformas, sobre todo cuando éstas no se cumplen.

“Pero por los ataques tan terribles de la reacción, encarnada en Laureano Gómez, y por los escándalos de López Michelsen, el presidente López Pumarejo no pudo seguir con su política de reformas con respecto a la función social de la tierra. Nuestra consigna, en cambio, siguió siendo: ‘La tierra para el que la trabaja’, que era la misma de la revolución mexicana y eso tenía una repercusión muy amplia entre los campesinos. Nosotros encabezamos muchas acciones campesinas por la tierra y tuvimos algún éxito.

          “Sin embargo, el partido comunista sostuvo siempre a López Pumarejo. Hasta el final, cuando renunció definitivamente. El partido le organizó actos y manifestaciones presionándolo para que no se nos fuera. Yo le tuve mucho afecto a López, pero lo que se dijo de su hijo, Alfonsito, era cierto y a López lo afectó mucho, en particular lo del negocio de la Handel[v]. Nosotros éramos partidarios de la nacionalización de la Handel, pero el negociado que hubo de por medio fue tremendo.

“Alfonso López Michelsen se hizo por eso muy famoso en el gobierno de su padre, esa es la verdad y todo el mundo lo sabe. Yo no dudo en reconocer que López Michelsen es un hombre inteligente, pero de una inteligencia resbalosa. Uno no puede concretar nada con él. Inteligente, sí, pero a la hora de la verdad, ¿qué hizo en su gobierno? Ni una reforma. De ahí el paro general contra su política en materia de salarios[vi]. Eso no nos lo perdona todavía, el que hayamos logrado unir todas las fuerzas sindicales en un gran paro nacional. López Michelsen, al contrario de su padre y en contraste con el gobierno de éste, fue un presidente inaccesible para la izquierda. Nunca nos recibió. Hasta el doctor Julio César Turbay nos recibía y nos escuchaba las denuncias sobre torturas, presos políticos y todo eso; es verdad que no hacía absolutamente nada después, pero al menos nos oía. Durante un tiempo López Michelsen posó de izquierdista, pero cuando fue presidente se le quitó. No quería tener contactos ni responsabilidades en torno a esas acusaciones que los comunistas queríamos hacerle saber. Y repito la pregunta: ¿Qué hizo López en su gobierno? Los escándalos de sus propios hijos, pero eso es tradición familiar”.

SG     ¿Cómo fue la acción política y el comportamiento de Laureano Gómez con el partido comunista y en general en ese período?

GV     “Laureano Gómez era un fanático como pocos ha conocido este país. Era un personaje muy contradictorio, con una personalidad muy dominante. Un parlamentario formidable, que vivía atacando a funcionarios del gobierno así fueran humildes e incapaces de defenderse como el pobre Marco Fidel Suárez. Pero, así como fue de implacable con el señor Suárez, lo fue con todos[vii]. Era un hombre de un fanatismo espantoso, un derechista terrible que durante la guerra se apuntó, abiertamente y sin reparos, al nazi fascismo y a la dictadura del general Franco. Los conservadores, encabezados por Laureano, se volvieron adictos a la “falange” española. En el debate que le mencioné antes, que adelanté en 1943 durante varias jornadas en la Cámara de Representantes en contra de la Quinta Columna, hice públicos documentos que yo había conocido en Cuba. Según estos documentos, un agente de Franco había sido detenido y se le habían encontrado una cantidad de informes sobre su labor en Colombia. Allí decía abiertamente que para todas sus actividades franquistas contaba con el apoyo de Laureano Gómez. Digo que Gómez era un personaje contradictorio porque, pese a la amplia cultura que tenía, era un intolerante pavoroso y, desgraciadamente, como parlamentario, era muy eficaz. Dicen que ensayaba sus intervenciones frente al espejo; yo no sé, pero la cosa es que cuando hablaba en el Congreso le salía muy bien. Era un hombre terriblemente pasional. Me acuerdo del debate que le estaba haciendo al ex presidente Olaya Herrera, en ese entonces ya ministro de Relaciones Exteriores del gobierno del presidente López Pumarejo. En un momento, en medio del debate entró Olaya y fue tal la pasión de Laureano, que le dio un derrame cerebral. A partir de ahí no volvió a ser el mismo, quedó un poco inválido y se le notaba en la forma de hablar, de caminar”.

SG ¿No fue difícil para los comunistas hacer coincidir ideología y práctica ante el hecho de que Hitler y Stalin firmaran un pacto de no-agresión? ¿La alianza de la Unión Soviética con el régimen nazi no afectó, digamos, la coherencia, la credibilidad del partido?

         GV “El pacto de no-agresión de la Unión Soviética con la Alemania nazi en 1939 no nos afectó para nada, porque nosotros entendíamos la situación internacional europea. Me explico: hubo un período en el que el interés de los gobernantes de Inglaterra y Francia, los señores Chamberlain y Daladier, consistía en procurar estimular a Hitler para que atacara a la Unión Soviética. Esa era la base de su política hasta que vino la guerra mundial. La verdad es que el gobierno soviético —con todo y lo que eran el estalinismo y sus agentes— trabajó por una alianza militar con Inglaterra y con Francia para detener a Hitler y siempre se encontró con la negativa y el rechazo de Chamberlain y Daladier. En esas condiciones, el pacto de no-agresión, que fue iniciativa alemana, fue aceptado por Stalin. Sin embargo, después, en el proceso de desestalinización de la Unión Soviética, uno de los cargos que le hacían a Stalin era que se había hecho ilusiones sobre el pacto de no-agresión y no preparó la defensa del país. Esa acusación tiene alguna base, porque la verdad es que los soviéticos fueron sorprendidos por el ataque alemán y en el primer momento la URSS sufrió una pérdida notoria de soldados y de territorio, hasta que cambió el curso de la guerra con la derrota alemana ante Moscú. De manera que, por eso, el pacto de no-agresión no nos produjo a nosotros ninguna fractura ideológica; éramos conscientes del juego descarado de Inglaterra y de Francia, de estimular el nazismo contra Rusia.

“Con el ataque de Alemania a la Unión Soviética el apoyo del partido comunista se hizo más activo y más beligerante en favor de las democracias occidentales y los ejércitos aliados. Por esa razón, los comunistas no tuvimos problemas con la Lista Negra, ni fuimos objeto de persecuciones por parte del gobierno colombiano ni de los Estados Unidos”.

SG ¿ Hubo pactos secretos entre los Estados Unidos y los gobiernos de Santos y López Pumarejo. Según esos pactos, las tropas norteamericanas podían entrar a territorio colombiano sin previo aviso. ¿Ustedes supieron de la existencia de esos acuerdos?

GV     “Durante la guerra, nada se supo de esos acuerdos secretos con los Estados Unidos. Sólo posteriormente, cuando tuvimos conocimiento, nosotros atacamos esos pactos que permitían el desembarco de la tropa norteamericana en caso de que peligrara el Canal de Panamá por un ataque nazi. Los criticamos cuando se supo, porque mientras estuvieron en vigencia, lograron mantenerlos en secreto”.

SG Se sabe que Laureano Gómez frecuentaba la embajada alemana. ¿Tuvieron ustedes alguna relación con la embajada norteamericana?

GV     “En los años de la guerra, el embajador de los Estados Unidos era Spruille Braden, pero no lo conocí personalmente porque yo nunca he conocido a ningún embajador norteamericano ni he tenido ninguna relación con diplomáticos norteamericanos, ni siquiera durante la guerra mundial. Tuvimos relaciones hasta con la embajada inglesa, pero no con la norteamericana porque consideramos que allí está el enemigo principal de Colombia”.

        SG El primer embajador norteamericano llegó a Colombia durante el gobierno del presidente Santos. ¿Hubo alguna relación diplomática con la Unión Soviética en aquellos años?

GV     “No, no había relaciones entre los dos países durante la guerra. Solamente al final de la guerra llegó a Colombia el primer embajador ruso, Gorigori Rosanov. No sé cuáles fueron los obstáculos porque, siendo Gabriel Turbay ministro de Relaciones Exteriores, Colombia hizo el reconocimiento de la Unión Soviética en 1935 y en ese momento debería haberse dado el intercambio de diplomáticos”.

SG    ¿Cómo era su vida en los años de la guerra?

          “Era una vida políticamente activa, pero sin ningún problema de persecución política. Los comunistas organizamos un Frente Amplio contra el nazi fascismo. Mi vida se dedicó a ese movimiento, a organizar actos, manifestaciones, reuniones, a fomentar alianzas contra el Eje: Alemania, Italia, Japón. Los problemas volvieron después, con la Guerra Fría, porque los comunistas nos habíamos forjado muchas ilusiones. Cuando las naciones del Eje se rindieron, el partido empezó a recibir la influencia de Browder, un dirigente comunista de los Estados Unidos. Este señor, en una serie de publicaciones y de libros, había descrito el mundo idílico de la posguerra. Hablaba de abandonar la lucha de clases e incluso llegó a disolver el partido comunista norteamericano. Entonces ocurrió que el secretario general del Partido Comunista de Colombia, Augusto Durán, se volvió discípulo fanático e impenitente de Browder y de sus libros, y con eso comenzó un período de división interna del partido aquí, que tuvo como protagonistas a Durán y a mí. Yo sostenía que después de la guerra iban a comenzar nuevas contradicciones y que en Colombia no estábamos en vísperas de un desarrollo democrático, como sostenía Durán. Mi tesis se comprobó inmediatamente con la elección de Ospina Pérez. La victoria de los Aliados significó el triunfo de las ideas democráticas en el mundo, pero no en Colombia ni en América Latina. Aquí fue todo lo contrario, porque comenzó la Guerra Fría y sus consecuencias de macartización contra los comunistas”.

¿Durante los años de la guerra se supo de la política antisemita del canciller López de Mesa?

          “Sí, eso se supo. Durante la guerra, Colombia tuvo una actitud muy antisemita gracias a las teorías fantásticas del canciller López de Mesa. También se opuso a recibir a una cantidad de emigrantes vascos que querían venir como agricultores. Eso es algo que jamás ha habido en el Partido Comunista Colombiano; nosotros jamás hemos condenado ni discriminado nacionalidades o tendencias religiosas, entre otras cosas porque la realidad del pueblo, en especial los campesinos, es que han sido católicos. Ellos no saben muy bien por qué, pero son católicos, igual los trabajadores y nosotros no veíamos razón para herir sentimientos. Además, no veíamos el enemigo en la iglesia católica. Les enseñábamos, sí, filosofía y dialéctica marxistas, pero no hacíamos de eso profesión de fe. El estalinismo hizo un daño terrible a los partidos comunistas del mundo con sus formulaciones dogmáticas y sus métodos de luchas internas. El partido comunista ruso no toleraba la menor disidencia y Stalin llegó al exceso de eliminar físicamente a los que no estuvieran de acuerdo con él, así fueran comunistas muy sinceros y meritorios.

“Stalin es una figura histórica muy contradictoria. Nadie puede negar que, a pesar de los métodos brutales, logró convertir a la Unión Soviética en la segunda potencia del mundo y a desarrollar el país industrialmente. Stalin fue un hombre que vivió convencido de que la Unión Soviética iba a ser atacada por los países capitalistas y por eso lanzó la consigna: ‘O nos industrializamos o nos aplastan’. Y eso era cierto, si la Unión Soviética no hubiera desarrollado su poderosa industria pesada, Hitler habría triunfado. Pero se encontró con que la industria soviética pudo reaccionar, ya en medio de la guerra, y enfilar su producción hacia la defensa. Al lado de eso, Stalin cometió errores profundos como la colectivización forzada de la agricultura. Los comunistas soviéticos pensaban que lo mejor era que se formaran cooperativas agrícolas, pero muchos campesinos lo que querían era su pedazo de tierra. Entonces, Stalin forzó la colectivización del agro y quiso implantar el mismo sistema en los países que, luego, formaron el campo socialista de Europa. Eso lesionó terriblemente la productividad del trabajo y causó el descontento de los campesinos.

          “Cometió graves errores, sí, pero también tuvo aciertos históricamente muy importantes. Por ejemplo, el hecho de que la Unión Soviética ganara militarmente la Segunda Guerra Mundial. El problema fue que Stalin no supo manejar los tiempos de la posguerra. Se sintió muy victorioso y comenzó a cometer graves equivocaciones en el plano internacional, que le permitieron a los Estados Unidos anotarse éxitos, para no ir más lejos, con los alemanes. Yo siempre afirmé que la división de Alemania no podía sostenerse y así lo demostró la historia. También frente al Plan Marshall Stalin cometió errores, como fue negarse a participar y presionar a los países del Este para que no aceptaran la ayuda norteamericana. Todo eso sumado a los métodos represivos estalinistas, que no se vinieron a saber en toda su magnitud sino hasta 1956 con el informe de Krúshov.

“Yo no conocí a Stalin personalmente. Lo conocí embalsamado, su cadáver tendido al lado de Lenin, cuando viajé por primera vez a la Unión Soviética en 1956 por una invitación muy obligante. Y si no quise ir antes fue porque tenía recelo de esa atmósfera represiva del régimen. Al principio me parecía que esa represión era el producto de alguna lucha interna de los comunistas rusos, pero después, cuando mandaron al paredón a ese gran teórico, a ese hombre tan valioso que fue Bujarin, dije no; esto no es posible; si a Bujarin lo acusan de crímenes inimaginables, como que iba a matar a Lenin, la crisis es profunda”.

SG En esos años de la guerra, cuando usted personalmente y el partido comunista apoyaban las democracias occidentales, ¿no hubo críticas ni disidencias entre los comunistas colombianos? ¿El sectarismo del estalinismo no los tocó?

GV “Algo de eso hubo con Ignacio Torres Giraldo, que se fue a Moscú, pero no deportado por el gobierno, como se ha dicho por ahí. Él se fue por su propia cuenta a Europa a asistir a un congreso de lo que se llamaba la Internacional Sindical Roja y se quedó en Moscú como cinco años. Allá se quedó trabajando en la Internacional Sindical Roja y en la Internacional Comunista. Ya el estalinismo había echado raíces en la Unión Soviética y Torres regresó con posiciones dogmáticas absolutamente en todo.

“Por entonces ocurría el gran cambio histórico de los partidos comunistas frente al fascismo en ascenso y se resolvió hacer alianzas amplias para defender las libertades democráticas, burguesas, frente al fascismo. Ignacio no asimiló ese viraje histórico. Él quería sostenerse en el cargo de secretario general, pero había un gran descontento en el partido debido a sus métodos sectarios y dogmáticos. Tal vez para aparecer como un hombre amplio, Torres propuso apoyar la candidatura de Eduardo Santos: en el partido no le creyeron. Quiso formar cauda, pero no pudo. Entonces se distanció del partido, se puso a escribir libros. Era un hombre muy soberbio y lo digo con razones. Por ejemplo, nos entregó los libros para que los revisáramos y nosotros pusimos a un camarada historiador a que los examinara y éste le hizo varias observaciones. Torres montó en cólera, no aceptaba ni el cambio de una coma. Aun así, escribió algunas cosas interesantes, como Los Inconformes, una buena fuente histórica, si bien al final se atribuye la invención de la guerra de guerrillas en Colombia, cuando en eso él no tuvo nada que ver. Ignacio Torres jamás participó en la guerra de guerrillas y es lamentable que un hombre serio termine haciéndose elogios en torno a cosas que no fueron así.

“En el momento en que Torres quiso imponerse en el partido yo estaba en Cali ayudando al partido, que andaba muy postrado por la influencia del trotskismo. El trotskismo había logrado una organización importante. Poco después convocaron a una reunión nacional para oír a Torres Giraldo. En esa reunión, Torres nos presentó una carta de la Internacional Comunista en la que se analizaba el partido en Colombia y se daban consejos. A mí y a Luis Vidales nos parecieron equivocadas varias tesis, como por ejemplo que el enemigo principal era el partido liberal, especialmente su izquierda. Esa era una posición absurda porque nosotros estábamos luchando por el acercamiento con la izquierda liberal, que era muy importante. Es la verdad, aunque esa izquierda liberal haya desaparecido por completo. Poco después recibí un folleto que había publicado Torres con la carta de la Internacional Comunista, con un prólogo en el que nos ‘vaciaba’, como dicen, a Vidales y a mí. Nos llamaba saboteadores de la Internacional Comunista. Desde ese momento, yo quedé enfrentado a Torres.

“No, no se habló de expulsión en ese momento porque Torres no tenía contactos reales con las bases del partido comunista. Era un hombre como escondido. Por ejemplo, en noviembre de 1936, a mí me mandaron a Barrancabermeja porque los obreros petroleros planeaban una huelga y pedían ayuda. Por primera vez, los obreros petroleros se organizaron formidablemente y por primera vez le ganaron a la Tropical Oil Company. Las huelgas de Mahecha, en los años veinte, habían sido todas derrotadas de manera sangrienta. Esta fue una huelga muy importante que se prolongó bastante. A partir de ese momento yo gané nombre en la base, como vocero y orador de los huelguistas. En medio de esa huelga recibí una nota escrita por Torres Giraldo: decía que estaba en Barranca y que había sido enviado por la dirección del partido. La verdad es que yo no lo vi en Barrancabermeja nunca; debió estar en la clandestinidad, pero eso ilustra los métodos de Torres. Jamás apareció como comunista ante las masas de Colombia. Eso es lo curioso, porque cuando él estuvo en el Partido Socialista Revolucionario fue un destacado orador, un dirigente popular con María Cano y dirigió el periódico La Humanidad, en Cali. Pero en el partido comunista era un hombre completamente distinto. Han dicho que los estalinistas le lavaron el cerebro y que se contagió del dogmatismo estaliniano.

“Con el retiro de Torres se impuso la secretaría general de Augusto Durán, desconocido en Bogotá y cuyo mérito era haber trabajado en los sindicatos de Barranquilla. Durán resultó un hombre muy astuto, pero mediocre. El enfrentamiento con Durán fue también muy duro y hasta quiso que me expulsaran a mí del partido, pero no pudo, no encontró apoyo. Sin embargo, logró expulsar a otros miembros muy valiosos. Durán convocó un congreso del partido en Bucaramanga, pero terminó derrotado porque le salieron muchos críticos. Se retiró con sus amigos y en Barranquilla, donde tenía influencia, fundó otro partido que se llamó Partido Comunista Obrero, que no fue para ninguna parte ni se desarrolló en ningún momento.

“Una de las cosas torpes que hizo Augusto Durán fue ésta: emprender ataques increíblemente estúpidos y bajos contra Jorge Eliécer Gaitán. Tan estúpidos como que siendo Durán un tipo bastante moreno, bien morenito, le dio por atacar a Gaitán diciéndole que era un ‘negro del Caribe’; eso ofendió profundamente a Gaitán y fue la base de los enfrentamientos entre comunistas y gaitanistas. Posteriormente vino la caída del partido liberal y el comienzo de la violencia oficial, pero en esa etapa los comunistas decidimos apoyar a Gaitán.

“Gaitán me mandó llamar a través de su hermano médico, un mes antes de que lo eliminaran. En esa conversación le dije que los comunistas pensábamos apoyarlo para la próxima presidencia. Él recibió eso muy bien, pero me dijo una cosa sorprendente: ‘Mira, la oligarquía no va a permitir que yo sea elegido presidente y por eso voy a proponer la candidatura presidencial de Darío Echandía’. Esa frase me sorprendió muchísimo. Por esa charla me quedó claro que Gaitán sabía que la oligarquía liberal-conservadora lo iba a atajar de todas maneras. No creía que lo fueran a matar, pero sí que no lo iban a dejar llegar a la presidencia. La verdad es que, si no lo matan, Gaitán habría sido elegido presidente de la República, habría podido unir al partido liberal, tener el apoyo de la izquierda y de los comunistas”.

SG ¿Gaitán simpatizaba con el reformismo de López Pumarejo? ¿O iba más allá?

          GV “Gaitán tenía alguna influencia del fascismo de Mussolini. En sus discursos había, inclusive, frases de Mussolini. Me parece que la oratoria teatral de Mussolini influyó en él, pero no en las ideas que sostenía, si bien el socialismo que proponía era algo confuso y sus propuestas socialistas no eran muy claras. Yo creo que Gaitán fue un agitador incomparable, el mayor que ha tenido Colombia. Cuando vino el desastre del segundo gobierno de López Pumarejo, Gaitán era su ministro de Trabajo. Después vino la división liberal porque Gaitán lanzó su candidatura para suceder a Alberto Lleras Camargo, quien asumió tras la renuncia de López. Simultáneamente con la candidatura de Gaitán se lanzó la candidatura oficialista de Gabriel Turbay, pero la división no vino sólo por eso. La división la logró Laureano Gómez que, con una gran habilidad política, aparentó hasta el último momento apoyar a Gaitán, pero, en el momento de la verdad, lanzó a Ospina como candidato conservador.

“El apoyo de Laureano Gómez hizo que el partido comunista se distanciara inicialmente de Gaitán y decidiera apoyar a Turbay, que era un hombre avanzado, de izquierda, con una política internacional que nos gustaba mucho: ‘La paz sin imperio’, una consigna muy importante y profunda.

“Sin embargo, con todo y que hemos defendido las libertades burguesas, las reformas liberales, los comunistas colombianos hemos sido chivos expiatorios de todo incidente, digamos, difícil que ha ocurrido en Colombia. ¿El 9 de abril? Los comunistas. ¿La matanza de estudiantes durante Rojas Pinilla? Los comunistas. ¿La explosión de Cali? Los comunistas. Hasta que el gobierno del general Rojas nos declaró fuera de la ley y terminamos escondidos, perseguidos, en la clandestinidad”.

SG ¿Sus posiciones democráticas no le trajeron problemas dentro del partido, o por lo menos, con la ortodoxia del partido?

GV     “Mi posición democrática sí me trajo muchos problemas, pero yo me refugié, por decirlo así, en el trabajo de masas, con los sindicatos y por eso no pudieron conmigo, porque yo tenía un respaldo grande. Esa era la parte más dura dentro de los partidos comunistas: las luchas internas que eran implacables, siguiendo el estilo de Stalin. En Rusia habían acabado físicamente con latifundistas y capitalistas y, por tanto, dentro de esa lógica, los enemigos de Stalin tenían que estar dentro del partido comunista y él empezó a procesarlos, a fusilarlos. Dentro de esa escuela, desgraciadamente, se formó Torres Giraldo”.

SG En conclusión, ¿se puede decir que en los años de la guerra el Partido Comunista de Colombia no hizo oposición ni fue piedra en el zapato de ningún gobierno?

GV     “En conclusión podemos decir que entre 1939 y 1945 el partido comunista no sufrió persecuciones, digamos, aberrantes y sí por el contrario apoyó la política internacional antifascista y antinazi de los gobiernos de Eduardo Santos y Alfonso López”.

Fuente Imagen Internet

 

[i] Colombia rompió relaciones diplomáticas con Alemania el 8 de diciembre de 1941, a raíz del bombardeo japonés a Pearl Harbor. (N. de E.)

[ii] La Lista Proclamada de Naciones Bloqueadas (Proclaimed List of Certain Blocked Nations), conocida en América Latina como Lista Negra, se publicaba mensualmente para cada país del continente americano. (N. de E.)

[iii] “La efectividad del decreto número 1723 del 23 de septiembre de 1938 [comenzó a regir el cinco de octubre] sobre ingreso de extranjeros puede medirse por las siguientes cifras: en los cuatro meses anteriores a la prohibición, los consulados colombianos en Alemania y en diez países europeos más, concedieron 1.190 visas. [¼] Por contraste, en noviembre, un mes después de entrada en vigencia la disposición, el consulado de Berlín a duras penas expidió seis visas.” [Silvia Galvis y Alberto Donadío en Colombia Nazi 1939-1945, Planeta, Bogotá, 1986, tomando como fuente a Joaquín Quijano Mantilla, cónsul de Colombia en Berlín, en carta suya al Ministerio de Relaciones Exteriores]. (N. de E.)

[iv] Para entonces, y desde enero de 1938, la Confederación Sindical Colombiana, CSC, fundada en agosto de 1936, había cambiado su nombre a Confederación de Trabajadores de Colombia, CTC. (N. de E.)

[v] La firma holandesa Handel era accionista de la Cervecería Bavaria. (N. de E.)

[vi] El paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977. (N. de E.)

[vii] El “presidente paria” -como se llamaba a sí mismo el conservador Marco Fidel Suárez (1918-1921), hombre de origen humilde y escasos recursos de fortuna, renunció el 11 de noviembre de 1921 en medio del debate por la aprobación del Tratado Urrutia-Thompson con E.U., sobre la separación de Panamá, cuando en la Cámara de Representantes Laureano Gómez acusó de “indigno” y falto de decoro al Presidente por haber pedido un préstamo a un banco europeo hipotecando varios de sus sueldos presidenciales, pactando intereses, plazo y seguridades, para atender urgentes necesidades personales. La acusación “causó la deshonra, aceleró la ruina y deterioró la salud” del presidente pária, según el propio Marco Fidel Suárez en Sueños de Luciano Pulgar [Bogotá 1925]. Laureano, al igual que Alfonso López Pumarejo, estaban vinculados al banco del empréstito; “los dos acusadores hacen fotografiar el pagaré y le remiten al exterior para que sea exhibido en la vitrina de uno de los edificios más públicos de cierta ciudad de los Estados Unidos”, relata Ilse Schütz Buenaventura en Marco Fidel Suárez [Cali 1957]. [N. de E.]