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Fariseos

El alboroto mediático que se ha desatado por la celebración de la Navidad o Año Nuevo —me da exactamente igual— entre funcionarios veedores de la ONU y jóvenes guerrilleras, y una fotografía de unos agentes de la Policía con guerrilleros, es la manifestación patológica más patente y descarnada de que somos un país enfermo mentalmente.

Estamos acostumbrados a la sangre. Nos gustan las crónicas sobre cuántos cuerpos encontraron hinchados bajando por algún río. En el fondo de nosotros mismos pareciera que nos vamos a quedar sin tema si se logran la paz y la convivencia.

Los medios de comunicación, incluyo periódicos, noticieros de televisión y programas radiales, viven ávidos de tragedias, en competencia casi diabólica por resaltar el titular más escabroso, que muchas veces no tiene nada que ver con el artículo que lo sigue. Pero venden. Venden muerte, venden dolor, venden violaciones sin ningún pudor. Las noticias normales, las buenas, las que ayudan a subir el ánimo y a creer en que lo estamos haciendo bien, no dan pauta, entonces pasan a últimas páginas o no se habla de ellas. Hay que seguir inflando la carroña para aumentar las ventas, saltándose la ética a trancazos.

¿Habrá algo más positivo, más importante, más alentador, más emocionante que saber que en la celebración conjunta entre “los malos”, oficialmente, y “los buenos”, oficialmente, se pueden mirar cara a cara, darse la mano y bailar para festejar esta nueva etapa de sus vidas?

¿Acaso los y las jóvenes de la guerrilla ya en proceso de paz y de reinserción a la vida civil tienen lepra o alguna maldición, como las castas de los “intocables” en la India, que el único derecho que tienen es podrirse en vida sin ninguna posibilidad de progresar?

¿Cómo es posible que el “gobierno de la paz” y la ONU formen semejante escándalo? ¿Cómo es posible que este acto de alegría y celebración sea estigmatizado? ¿Cómo es posible que los veedores hayan sido sancionados?

Tenemos que tener la mente muy torcida... y creo que sí la tenemos. ¿Dónde empieza la reconciliación? ¿Es un decreto que pone a los veedores de carceleros sin alma, guardando distancia para no contagiarse, y a esos jóvenes, que están en proceso de ingresar a “nuestra civilización”, mantenerlos en cuarentena indefinida y aséptica?

¿Dónde está el verdadero espíritu del reencuentro? ¿Qué pasa con las ilusiones de los “acuartelados” que ansían aprender algún oficio, abrazar a sus padres, besar a lo mejor al hijo que tuvieron que entregar, poder maquillarse, comprar una camiseta “play”, si los siguen tratando como gangrena? ¿Dónde está el perdón?

¿Acaso no fuimos nosotros, “los buenos”, los que hemos nacido con todo y se supone que estamos educados para el liderazgo y el progreso del pueblo, muchísimas veces los responsables de que cientos de hombres y mujeres hubieran escogido el camino del monte y las armas porque no tenían más oportunidades?

Fariseos. Eso es lo que somos. Una sociedad farisea que se deja llevar por el tsunami de la ultraderecha retrógrada que se rasga las vestiduras porque un grupo de jóvenes, ya rotulados como “veedores” y “guerrilleros”, se juntan para celebrar y bailar la oportunidad de una vida mejor.

Como ciudadana del montón alzo mi voz de protesta e indignación por la respuesta oficial del Gobierno y la ONU, y de los altos mandos de la Policía.

Me solidarizo con el reencuentro, el baile, la celebración y la foto. ¡Me hubiera gustado participar!

 

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