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Riesgos de jugar con fuego en el polvorín colombiano

Llevar a cabo operativos militares, de la naturaleza que sea, en escenarios con fuerte presencia guerrillera como la región del Cauca es jugar con fuego. Las FARC tienen razón cuando recuerdan que el Gobierno colombiano no asume los riesgos inherentes a su decisión, por principio contradictoria, de combinar guerra y diálogo para la paz. Fue la guerrilla la que decretó unilateralmente, y mantiene oficialmente, el alto el fuego. El presidente Santos ha reaccionado derogando la moratoria por la que detuvo los bombardeos contra la guerrilla. Más fuego a las brasas.

Dicho esto, vayamos a las hipótesis. La más manida por los grandes medios da por sentada la responsabilidad por el enfrentamiento del bloque guerrillero Alfonso Cano, uno de los más aguerridos, en concreto de alguna de sus columnas. Con ello alimenta la rumorología, políticamente siempre interesada, sobre disidencias internas en el seno de la guerrilla en torno al proceso de diálogo de La Habana.

No seré yo, desde la distancia, quien se atreva a desmentir con rotundidad tal hipótesis. Pero la misma distancia permite colegir que igualmente podemos estar ante un intento de algún sector del Ejército colombiano de provocar, con su operativo, un tensionamiento de la situación. Y es que hasta la fecha, tampoco se olvide, la única disidencia conocida es la que atraviesa a la cúpula –política, judicial y militar– del Estado colombiano.

 

Finalmente, es la existencia misma de esa disidencia la que permite concluir como improbable que las FARC habrían propiciado el ataque al Ejército con el objetivo de forzar a que Santos acceda a un alto el fuego bilateral.

No falta quien recuerda que la captura en noviembre del pasado año del general Alzate en el Chocó por parte de las FARC, si bien provocó en un primer momento la suspensión de los diálogos, sirvió a la postre para consolidar el proceso con el anuncio, precisamente, del final de los bombardeos contra la guerrilla.

Ocurre, sin embargo, que la muerte de los once militares deja a Santos sin margen de maniobra. Y se supone que eso lo sabe la delegación guerrillera que negocia en La Habana. Y lo último que le interesaría es echar más gasolina a las brasas del conflicto colombiano.

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